la lengua de los viejos (la lengua bonita)

Heraldo de Soria, 13-03-2003

Texto: Jesús Bozal Alfaro.  Ilustración: Jessica Giaquinta García

¿Viejos o personas mayores? Viejos, nos dice, rotunda, una 

mujer mayor, llena de optimismo, cordialidad, achaques y años. “Soy vieja, no mayor”, insiste, sonriente y sincera, alargando el paso con orgullo. Vieja, porque su pasado ocupa cada vez más espacio en su larga vida. En su lengua, sin embargo, ese vocablo resuena como sinónimo de compromiso personal y sabiduría.

Los viejos, esas personas que se acostumbran a la soledad, al silencio, que van olvidando poco a poco lo superfluo, rejuvenecen físicamente cuando alguien se acerca a ellos y les habla bonito, deseándoles que pronto venga la primavera (El País, 10-03-2002). Sus códigos lingüísticos son fáciles de entender y difíciles de aplicar. Se necesita cierta predisposición y, sobre todo, mucho coraje.

La lengua de los viejos es la más antigua de la Historia, la más evolucionada, la que refleja, poco a poco, en su tono recortado, la fatiga por tener que expresar las mismas palabras y las mismas expresiones frente a las mismas situaciones, emociones y desengaños. En ese sentido, los registros de su lengua contienen muchos más matices que los de la nuestra, aunque, voluntaria e involuntariamente, solo nos impresione su timbre.

Los viejos son, ante todo, unos verdaderos ilustrados. Nosotros conocimos a uno. Hablaba en latín, en francés, en italiano. Viajó y admiró: Londres, París, New-York, México D. F. Vivió acontecimientos históricos: la guerra y el exilio permanentes. Escribió mucho y en todas las lenguas. Conoció el amor y su fracaso. Viejo, nunca creyó que enmudecería.

Los viejos, por otra parte, son los mismos en todos los países, razas, etnias y culturas. Su progresivo arrinconamiento, esa sensación de estorbar, tienen su expresión lingüística en el idioma universal con el que se expresa la resignación, el silencio y, a veces, la rebeldía. Ninguno de ellos, por eso mismo, necesitan la lengua, en cualquiera de sus modalidades, para comunicar su drama.

En esa lengua de signos y de impresiones, los viejos podrían darnos, además, saludables argumentos a favor del multiculturalismo. Un ser humano, por ejemplo – nos podrían decir – no se diferencia en nada fundamental de otros ser humano, cualquiera que sea su origen, su cultura, su religión, su lengua. En nada. Respetar el ejercicio activo de todo eso, en todo momento y circunstancia, en cualquier código lingüístico, supone la aceptación de una obviedad. La hijab o la mantilla, la capa o la toca, la toga o el delantal son signos exteriores nada más, se pronuncien como se pronuncien, se escriban como se escriban, se utilicen donde se utilicen.  Nadie, curiosamente, ha rechazado nunca el multiculturalismo de la opulencia, del saber, del conocimiento, de la inteligencia. Nadie, ni unos ni otros (privilegiados/parias), aspiran a nada superior al derecho a la vida, al disfrute de los derechos de los seres libres. Por eso, las lenguas – que evolucionan libremente -, los proclaman con tonos, gestos, signos, vocablos, sonidos,  diferentes. ¿Tan difícil es entender que sólo somos propietarios de un corto espacio de tiempo? ¿No es el otro quien puede responder, posiblemente mejor que nosotros mismos (con la lengua bonita), a preguntas comunes? Sobre todo si no hemos perdido ya nuestra última oportunidad, como escribió Luis Cernuda en un desgarrador poema:

“Me buscarás entonces

que ha de decir un muerto.

Amargos son los días

de la vida viviendo

sólo una larga espera

a fuerza de recuerdos.”

 

Luis Cernuda, el viejo poeta del que se celebra este año su primer Centenario, organizado por una Comisión que preside el Rey de España. Los viejos no mueren si los Reyes se acuerdan de ellos; o nos dejan, como André Malraux (otro viejo culto, solitario agonizante, en una noche negra, en una Francia de luto, cuando parecía que todo el país había enmudecido, respetando su largo adiós) la blancura de París y sus ensayos sobre el dolor.

La lengua de los viejos, en fin, no envejece jamás. Su lucidez, su sencillez, su candor, nos acercan al mundo más real de la existencia de un ser humano. Se parece mucho a ese hablar bonito que ha llegado hasta nosotros para que, a pesar de los pesares, los viejos sigan confiando, como todos – también es verdad – que “pronto será primavera” y podrán seguir escuchando la lengua de la mirada agradecida, de la voz reposada: la voz bonita.