My Goy!

Heraldo de Soria, 26 de septiembre de 2002

Texto: Jesús Bozal Alfaro    Ilustración: Jessica Giaquinta García 

Según los periódicos, los escombros del Word Trade Center (las Torres Gemelas), de New York, barrio de Manhattan (Welcome to Manhattan!), esconden víctimas de más de 30 países distintos: inglesas, mexicanas, filipinas, brasileñas, ecuatorianas, danesas, sudafricanas, chinas, rusas, ... Todas, seguramente, hablaban inglés, además de, según la nacionalidad de origen, ruso, chino, español, danés... Y en esa misma lengua, en inglés, las víctimas no fallecidas continúan escribiendo, por prescripción médica, sus relatos del horror. Nunca una lengua había servido a tantos para curarse de tanto espanto, tanto dolor, tanta tragedia.

En las Torres Gemelas, la presencia de los niños parece inexistente. Nadie habla de ellos. Ninguna imagen. Nada. Tuvieron suerte: no eran torres para niños; eran torres para negocios. A las 8´45 horas de la mañana, sus mamás o sus papás, o sus cuidadoras, o ellos mismos, estarían seguramente preparando la mochila/cartera/carrillo del colegio. Confiados, no  se imaginaban que su país, tan poderoso, tan seguro de sí mismo, con la lengua más importante del planeta, demostraría una impotencia infinita para salvar a sus seres más queridos. ¿Cuál fue su reacción? ¿Qué hicieron aquel día, y los siguientes, en sus colegios? Nadie ha escrito de ello todavía. Los niños americanos, de razas y países distintos, habrán comprobado ya, seguramente, cómo su dolor es compartido por niños de países que ni siquiera sabrían situarlo en un mapa. Las cartas, los telegramas, los mensajes electrónicos, redactados en inglés o en español o en chino o en ruso o en árabe han servido, por su parte, al mundo entero para comunicarles su solidaridad y condenar tan bárbaro atentado. ¡Qué grande es el mundo!

Los niños de todos los países aprenden, como primera lengua, el inglés. Desde los tres años, comienzan a contar, a describir, a dar la hora y los buenos días, a pronunciar los nombres de animales, los días del año, todo, en la lengua de los niños americanos, que lloran desconsolados este salvaje atentado contra la civilización, universal, que compartimos. “Lo de las Torres es un escándalo”, me dice mi hijo de 8 años. “¡Es que hacer eso...!” Se acuerda, quizás, de que niños como él han llorado a papás como yo, y esto le produce una cierta predisposición a la solidaridad. Aquellos niños, le digo, hablan inglés, el idioma que te enseñan en el "cole", el idioma en el que escribía Ernest Hemingway o Woody Allen. Se queda pensando y deja de sonreír. Seguro que, a partir de ahora, cuando abra su class book, pensará en sus amigos americanos, imaginándose la escuela en la que estudian, el patio de recreo en el que juegan, el nombre de la señorita que les enseña..."Estarán tristes”, insiste.

Cuando la señorita les cuente el próximo cuento americano, les hablará, seguramente, de aquellos niños de New York que no salen nunca en la tele, pero que siguen derramando lágrimas sin parar, intentando apagar el dolor y el miedo de las calles de su ciudad.

New York, la ciudad de las antiguas Torres Gemelas (“una representación viva de la fe del hombre en la humanidad”, según su creador, Minoru Yamasaki, la de los barrios marginales, la de Broadway, la de “las banderas, las biblias y las velas”, de Antonio Muñoz Molina, la de la Liza Minnelli (“Cabaret”), New York, New York, habla todas las lenguas y llora en todas los idiomas. A pesar de todo, seguirá siendo la segunda ciudad para muchos intelectuales del mundo, que estudian inglés para poder vivir en ella, disfrutar de su vida cosmopolita y defenderla, de palabra y obra, del fanatismo religioso, económico y político.