San Saturio aprende italiano

Heraldo de Soria, 17 de octubre de 2002

Texto: Jesús Bozal Alfaro    Ilustración: Jessica Giaquinta García

Después de hablar de la lengua de los niños huérfanos de Manhattan, del alemán de Goethe, nos faltaba ocuparnos del habla de la Roma de Alberti (LA Arboleda Perdida, II): “La Roma Trasteverina de los artesanos, los muros rotos, pintarrajeados de inscripciones políticas o amorosas, la secreta, estática, nocturna y, de improviso, muda y solitaria”. Una evolución moderna de aquel otro, el latín, que arrasó Numancia, con sus estandartes y sus espadas. Como se preguntaba el santero de San Saturio (Antonio Gaya Nuño), un libro de obligada lectura para todos los niños sorianos, escrito por alguien que murió hace 25 años, en julio de 1986: “Pues ¿Qué necesidad tenían nuestros abuelos de los fascios y del Senatuus Populusque Romanus?”. Pero, aquello ya pasó y el santero de San Saturio/Saturno (Dios del tiempo) asistió, después, a la representación, en el Casino, de Rigoletto, y enseñó la ermita a gentes de Florencia y Venecia. No es de extrañar, pues, que este hombre solitario, si no habla italiano, quiera terminar de aprenderlo; ni que, después de tantos siglos, Alberti, que estuvo también en Soria, se quedara, tras su paso por aquel país, con los versos de Giuseppe Giochino Belli:

“Ah!, cchi nun vede sta parte de monno

Nun za nnemmnanco pe cche ccossa é nnatto”.

Pensar en la lengua italiana nos conduce, efectivamente, a Roma, a la Roma del poeta gaditano, del arcipreste de Hita y de Mariano Granados, otro soriano, que la conoció en los años veinte y vio al Papa pasar delante de él, mientras contemplaba el Jardín del Vaticano: “Che vettura e questa?”, le preguntó al jardinero papal. “Oh, signore!, la vettura nel Papa”. Roma, la ciudad santa, como París, la ciudad luz. ¿Por qué no asociar todas las ciudades a la luz?

Aprender italiano no resulta difícil, nos dice Mercedes Nohales, la profesora de la Escuela Oficial de Idiomas. No es extraño, tras haber visto representar su Povera Barbi, en mayo pasado. ¡Qué fácil lo hicieron! Aprender esta lengua nos acerca a una cultura que ha dejado su huella (arte) en medio mundo. Nos trae el recuerdo de la película, y de la música, de Morte a Venecia, de Luchino Visconti; de los grandes actores, como Vittorio Gassman, Sofía Loren... ¿Se acuerdan? La lengua de La vita è bella, de las grandes óperas y sus grandes divos, de Miguel Angel, Boticelli... de los grandes músicos, de los grandes Papas...

¿Papas? Sí, los Papas, el Vaticano, la ciudad en la que coexisten, bajo una misma doctrina todas las lenguas del mundo. Incluso las más pequeñas, las menos habladas. Todos necesitaríamos estudiar italiano. Como María, que estudiándola, aprendiéndola, penetrando en ella, intenta levantar una nueva barrera contra la tragedia. Pero, si no conocemos Roma, ni Florencia, ni Venecia, imprescindible para poder hablar de Italia, hemos leído tanto de todas esas ciudades, de todos esos personajes emblemáticos, a través de la Revista Triunfo, ya desaparecida, de tantos artículos recortados, que nos rodean, que casi nos sentimos autorizados a recomendar el estudio de esta lengua tan inmensamente bella. ¿Has oído hablar de Sicilia, la isla del gatopardo (Acacia Domínguez Uceta, El País, 1987)? ¿Y de Florencia “en su imagen más actual, en la pátina de cosmopolitismo que le dan los extranjeros” (Antonio Colina)?: Ciudad a la luz del conocimiento. De Venezia nos hablan los enamorados de todo el mundo, y los poetas, como César Ibáñez París: “Veía la belleza, no podía no verla, pero lo único que sentía era la mugre perfecta de los canales y de los palacios...” La ciudad de las góndolas.

Insomma... Hay tanto que hablar de Italia y de la lengua de las italianas y de los italianos; tanto, que sería ridículo llenar este suplemento escolar elogiándola. Sólo pretendíamos recordar que el italiano es una lengua maravillosa, que merece muy mucho la pena aprenderla; que, por suerte, se puede estudiar ya en la Escuela Oficial de Idiomas de Soria, que las acoge a todas, a todas, y que, pronto, muy pronto, se podrá aprender en otros institutos, otras escuelas, otras academias.

San Saturio, faro/luz del Duero, patrón invisible de la Escuela, está a punto de terminar quinto curso. Quiere hacer honor a los muchos sorianos y a las muchas sorianas que, antes que el italiano – de los italianos que la habitaron un rato – aprendieron, en sus aulas de la Plaza de Teatinos, el único idioma que les pudieron enseñar: el amor a su tierra. ¡Qué gran labor aquella!