a casa por navidad

Heraldo de Soria, 19-12-2002

Texto: Jesús Bozal Alfaro.  Ilustración: Jessica Giaquinta García

Hasta hace poco tiempo, la Navidad comenzaba en Europa mucho antes que en España. Desde principios de noviembre, las calles céntricas se iluminaban con gran esplendor, despertando una ola de ilusión ante la llegada del solsticio invernal (24 de diciembre) “cuando el sol comienza, según Luis Pancorbo, su curso ascendente”. La gente sentía que los días, a partir de esa fecha, iban a ser más largos y la vida iba a renacer.

Aquí éramos más tardíos. Parecía como si creyéramos menos en el influjo de estas fechas, esperando, como única ilusión, que nos tocara El Gordo. Daba, en fin, la impresión de que encendíamos las luces con desgana, por rutina. Almudena Grandes considera esta costumbre europea como una “misteriosa epidemia cronológica" . (EPS, 16-12-2001). A nosotros, la verdad, ¿por contagio?, nos encantaban aquellas calles, las europeas, que saludaban, eufóricas, el cambio de ciclo solar.

Dejar aquel mundo entusiasmado para volver a España suponía, hace algunos años, pasar de la luz  a la oscuridad. El frío español, la estación de Irun, la indiferencia del aduanero, el taquillero y el maletero helaban el corazón de los que llegábamos: portugueses, españoles, magrebies... Cruzar la aduana/frontera obligaba a explicar, a veces, que la máquina de escribir era solo una herramienta de trabajo. El gris lo cubría todo: el suelo, las puertas, las ventanillas, el ambiente, todo. En aquel lugar, nos decíamos, era imposible que llegara nunca la Navidad. Y, sin embargo, aquel era nuestro país., “esa España mía, esa España nuestra”, cuyo solo nombre conseguía emocionarnos, como a Mariano Granados Aguirre y a Mariano Granados y Campos.

Unos años antes que aquello, los españoles ni siquiera volvían a casa por Navidad. Adolfo Martínez Aznar, el profesor, describe así una misa del Gallo (messe de minuit), cerca de París (Una barraca en el Oise): “Allí estaban todos los miserables de la emigración, los clericales y los anticlericales, los malos y los buenos, las gentes de orden y las otras... Era la misa de los españoles, la misa de la nostalgia, la de la patria perdida para siempre, madrastra para casi todos, pero la patria, la única... Cuando el cura levantó la Forma, lloraba emocionado.”

La Navidad también fue aquello. Las postales navideñas del mundo nos ofrecen estampas multicolores y alegres, costumbres gastronómicas variadas, nombres diferentes en distintas lenguas: la bûche (el tronco de chocolate), el turrone o el paettone (un bollo enorme), el kerston (bizcochos de pasas holandeses), y el oliebollen (buñuelos alemanes,), el roscón español... La ilusión lleva nombre de santo, de rey, de papá: Papá Noël (Francia), Sinter Claas (Holanda), San Nicolás, San Esteban (Irlanda), Joulupukki (Finlandia), la bruja Befana, en Italia, o los Reyes Magos, en España. ¿Quién no cree en ellos? ¿quién desconoce su lengua o el idioma en el que expresan la felicidad que quieren regalarnos?, ¿quién no entiende el lenguaje de los brindis de Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Uno de Enero y... Reyes: con glühwein, vino caliente alemán, con champán, con cerveza, con lo que sea...? La Navidad también es recuerdo: los niños huérfanos de Manhattan, las mujeres azules de Afganistán, los seres humanos de todas las tragedias humanas, sin distinción de razas, civilizaciones o lenguas.

Mientras Europa, el mundo entero, se harten de luz, color y música, seguirá habiendo siempre alguien que vuelva a casa por Navidad y reviva esas escenas de amor entre los seres humanos que, cualquiera que sea el país y cualquiera que sea su lengua, se reencuentran. Aunque sea por eso. Cuanto antes llegue la Navidad, mejor. Aunque sea en noviembre, como en Europa.

¡Joyeux Noël! ¡Zorionak eta Urte Berri On! ¡Bon Nadal!, ¡Boas Festas!, ¡Merry Crhistmas!, ¡Bones Festes!, ¡Felices Pascuas! ¡Meilleurs Voeux!, ¡Frhohe Festtage!, ¡Migliori Auguri!, y ¡Feliz Año Nuevo!. PAZ.