CURSOS DE INVIERNO (II)
Texto: Jesús Bozal Alfaro Ilustración: Jessica Giaquinta García
![]() |
Heraldo de Soria, 29-05-2003
En esos cursos de invierno de los que hablábamos la semana pasada se aprende el idioma por identificación con el entorno. Uno no es de allí pero lo habita. Lo lógico parece pues adaptarse. Lengua y país de acogida acaban, sin duda, creando lazos irrompibles. A nuestro amigo Myron, que había vivido en Inglaterra fregando platos, le ocurría lo mismo, pues, además del inglés y el francés, había nacido con el ruso.
Cuando le conocimos, en Francia, deambulaba de aquí para allá, con ese aire de
extranjero a quien el futuro no le da miedo, porque ya está acostumbrado a las
despedidas, como otros lo están a las derrotas. Poco hablador, nuestros debates
eran muy intensos. Se enfadaba a veces porque no había comprendido todavía que
España no era Canadá, ni nuestra pobre peseta tenía nada que ver con la Revolución
Francesa. Instalado él en París (en un cuarto diminuto de la casa de una
baronesa/condesa situado en la rue de l´Université) seguimos enviándonos
largos discursos teóricos en francés. ¡Qué tiempos aquellos! Regresar a España
completaba nuestra experiencia, aunque el enfado físico resultara a veces
intraducible ante una cierta sensación de desprecio hacia los que llegábamos.
O ante el comportamiento de aquel señor pequeño, calado con una gorra gris y
traje a juego. Volvíamos, a pesar de todo, como nuevos.
Un
día, apostados en el andén de la estación, se acercó un pañuelo rojo que,
como contraseña, asomaba por la ventanilla de un vagón de segunda clase. Era
Elena, esa chica de Bilbao que atravesaba Europa para llegar a la Alemania
floreciente. Fue la primera y única vez que nos vimos. Luego, cuando el tren
partió, mientras los altavoces hacían retumbar la techumbre acristalada (“Attention
au départ”), regresamos a una realidad que cada uno íbamos escribiendo a
base de momentos como aquél.
Terminado
uno de aquellos cursos de invierno, nuestro amigo Myron se vino con nosotros a
España. Aquí pasó unos días sonriendo sin parar, observando y huyendo de las
despedidas, más cerca de una nueva realidad que le atraía y le sorprendía.
“Cuando llegues a Pamplona - pedí a
una amiga - indicas a este chico el autobús
para San Sebastián”. Desde entonces, aquella pareja no se separaría
nunca más. Son cosas de los cursos de invierno y de las relaciones humanas que
las gentes del mundo tejen y destejen mientras aprenden que la lluvia es más
difícil de vocalizar, por su riqueza de matices, que cualquier idioma. Es un
mestizaje diferente al que surge de los cursos de verano, posiblemente demasiado
llenos de prisas.
Casarse
en París no está al alcance de todo el mundo. La ceremonia es una firma, un
par de palabras, un SI. Nada de vestido blanco, traje de raso gris, sonrisas
cohibidas y sonrojos. Me invitaron. ¡Cuánto nos hubiera gustado hacer aquel
viaje y recorrer, con ellos, el París de los enamorados! Vivir en París.
Aunque sea sólo un invierno. Algunos piensan que no es tan necesario. Se vive
bien en cualquier parte, sin casi nada. Es verdad. Mas, poder pasar un invierno
bordeando el Sena genera tanta energía que suele durar hasta que se regresa
otra vez. El Sena no es sólo una metáfora, como París, como las calles que lo
atraviesan acompañando a riadas de gentes que buscan siempre el espacio abierto
por el que deslizarse. El Sena se ha convertido además en ese imán del que
nadie quiere soltarse; testigo fiel de todos los amores que, como el de Myron,
se tejen y destejen cada año, cada día, en esos cursos de invierno de nuestros
recuerdos. En ellos, en efecto, el paso de los días aumenta la fascinación por
la suma de culturas. Acaba siendo la única manera de corregir esas cosas que, a
veces, la verdad, necesitan una traducción diferente.
El
idioma ensancha tanto la perspectiva que, una vez aprendido, parece como si todo
fuera doble. Lo cual, afortunadamente, sabe casi a recompensa.