cursos de invierno

Texto: Jesús Bozal Alfaro              Ilustración: Jessica Giaquinta García

Heraldo de Soria, 22-05-2003

Llega el verano y cientos, ¿miles?, de españoles y españolas van preparándose ya para emprender su particular romería a la Meca del Inglés: Irlanda, Inglaterra, Canadá, Nueva York,... Otros, menos numerosos, se darán cita con el alemán, el francés, el italiano,... Los idiomas son necesarios para todo, dicen. Hasta para recoger cartones en París, allá por los años cincuenta. Sin embargo, en aquella época, y en otras más posteriores, ir a aprender idiomas al “extranjero” tenía mucho más de aventura que de marketing lingüístico.

Aquellos países, y sus idiomas, se nos aparecían entonces tan enormes que, tímidos y casi avergonzados, preferíamos, al principio, pasar desapercibidos, intentando que nadie se enterara de que no éramos de allí. Antes de abrir la boca, repetíamos interiormente lo que queríamos pedir o decir. Cuando nos soltábamos y parecían habernos entendido, sonreíamos, también por dentro, pensando que habíamos comenzado ya a dominar el lenguaje de sus intelectuales. A veces, con el tiempo, hasta nos permitíamos el lujo de entablar discusiones interminables con gentes que conocían perfectamente una lengua llena de matices indescifrables. Resultaba divertido. Nuestra pobre lengua de principiantes voluntariosos rebuscaba palabras y frases que estuvieran en sintonía con las que pronunciaba nuestro interlocutor. Al final, entre sonrisa y sonrisa, quedábamos agotados; satisfechos no obstante por haber aguantado la prueba sin perecer en el intento. Lo cual, algunas veces, casi resultaba una heroicidad. El idioma se aprende también así: discutiendo, sin necesidad de eufemismos, sobre los mil y un temas importantes de la vida: la política, la cultura, la revolución,... Al menos, allí.

 Otra de las ventajas de vivir en otro país consistía entonces en poder leer su prensa todos los días, como si fuera una obligación voluntaria; seguir sus informativos de radio e, incluso, los debates (DEBATES) que, por cualquier motivo, se organizaban y se organizan todos los días. ¡Qué importante es la radio para aprender idiomas! Y la televisión e internet. ¡Qué importante es, sobre todo, no pensar en qué digo sino en cómo lo digo y qué argumentos utilizo!

Poco a poco, a medida que el tiempo pasaba, nos íbamos encontrando con gentes de nuestra edad que, venidos de países diferentes, buscaban lo mismo que nosotros. De tanto coincidir en restaurantes universitarios, en clase, etc. nos hacíamos hasta amigos. El canadiense con el español, la americana con la americana, los ingleses con los americanos, y el resto, cada uno con quien podía: el portugués, el nepalí, el indio, los japoneses, las japonesas, los chinos y las chinas. Los españoles nos conocíamos todos: el policía secreta; las catalanas, que parecían más; la lectora de León, a la que no le gustaban las críticas al régimen; la otra lectora de Sevilla, clasista por ignorancia, y la de Zaragoza, sorprendida de lo grande que era el mundo. Nosotros, los aventureros del idioma, parecíamos más integrados. Aprendíamos rápidamente el idioma y su ideología: la fuerza moral. Parecíamos casi del país. La vida da tantas vueltas que, años más tarde, llegamos incluso a coincidir, a nuestro regreso a España, con alguna de aquellas personas. Recordar aquellos tiempos heroicos, en lucha pacífica con el idioma, nos hacía soñar con aquel espacio tan abierto. Desgraciadamente, como decía Machado y cantaba Serrat: “lo nuestro es pasar, haciendo caminos sobre la mar”.

 La lengua dependía también del poco dinero de que disponíamos. Al menos, algunos. Los más. Por eso, las clases más prácticas las hacíamos con nuestro amigo Myron, el canadiense, o con Odilón, el doctorando de Costa Rica que, seguramente, ocupará hoy algún cargo muy importante en la administración de aquel país. También nos juntábamos con africanos, con quienes, no se sabe por qué, siempre hemos congeniado. Los latinoamericanos, como José, el Venezolano, nos cayeron bien desde el principio, pero con ellos sólo aprendíamos matices de nuestra propia lengua.

Con Myron, sin embargo, el canadiense, estábamos condenados a luchar con el idioma para intentar entendernos. La verdad es que no fue nunca difícil. El idioma, al fin y al cabo, es sólo un medio. Por eso, cuando se traspasa sus fronteras geográficas e intelectuales lo más normal es que le ocurran a uno muchas anécdotas extraordinarias. Con Myron nos ocurrió una y muy divertida. La contaremos la próxima semana, porque para ésta ya hemos llenado suficiente espacio.

Los cursos de verano, en fin, y los de invierno sobre todo, darían para llenar libros enteros con anécdotas graciosas, crueles, increíbles, extrañas, humanas. ¿Por qué no comenzamos a contarlas?