EL INGRESO
Texto: Jesús Bozal Alfaro Ilustración: Jessica Giaquinta García
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Heraldo de Soria, 20-02-2003
Ahora
que todo el mundo habla de la reválida
- ¿cómo la de cuarto y sexto de nuestros tiempos? – habrá quien se acuerde
que, antes de llegar hasta allí, teníamos que “hacer”
el ingreso. Era una prueba global a la que se convocaba, en junio, a todos los
niños de la provincia que cumplíamos o habíamos cumplido los diez años, y
que, porque “valíamos para estudiar”
o porque nuestros padres “podían”,
pretendíamos comenzar el bachillerato. El resto de nuestros amigos – los que
no iban a “estudiar”, los que “no podían, los que no “valían”, etc.
– sabían que su destino era terminar la escuela y, con catorce años a la
espalda, “meterse” en el campo o donde fuera.
Desde entonces, las cosas han mejorado
mucho, incluso hemos aprendido idiomas y el idioma nos parece a todos como lo más
importante del mundo. ¡Qué maravilla! En aquellos finales de los sesenta, lo
de los idiomas-marías era otra historia: se aprendían cuatro verbos (sólo en
francés), cuatro palabras (maison, chien, chat,...), y el que se lo sabía,
sobresaliente, y los que no, suspenso. A casi nadie se le ocurría ir más
lejos. Por eso, uno no entiende muy bien ni por qué se rechaza la reválida ni
por qué se ha recuperado semejante palabra. “Selectividad” parecía un
vocablo más europeo. Y no digamos lo de “Le BAC” (El Bachilerato), como
llaman a esta prueba los franceses.
Nos pasamos la vida dando vueltas a las
palabras y, cuando queremos cambiar algo, resulta que no se nos ocurre nada
mejor que retomar una palabra que nos retrotrae a los tiempos del “Get on your knees” de Los Canarios.
¡Qué tiempos aquellos! “Cantábamos”
en inglés – aunque estudiáramos francés-, porque nuestro idioma (el español)
no reflejaba nuestras inquietudes. Fuimos generaciones “A
los que hirió el amor” (Pedro Ruy Blas), escuchando a Donovan, Joan Baez,
los Bee Gees, los Beatles, los Moody Blues, Tom Jones, ..., en los bares, en los
guateques o en El Gran Musical (Cadena Ser), todos los domingos por la mañana.
Todavía nos acordamos de aquel concurso, “Me queda la palabra”, en el que participamos, escribiendo, en castellano barroco, un poema titulado y, desgraciadamente, perdido: “El autor del silencio”. Formábamos parte de una generación “ye-yé” que, además de “cantar” en inglés y soñar en castellano, nos partíamos de risa leyendo el “Hermano Lobo”.
Acumulamos tanta experiencia en el uso del lenguaje que, cuando se producen
estos cambios, merecería la pena que se nos consultara. Será por eso,
seguramente, que nunca hemos llegado a comprender por qué amigos tan
capacitados como nosotros, o más, no tuvieron las oportunidades que las últimas
reformas (la de 1970 y la de 1990) han dado a millones de niños/españoles.
¿No era eso lo que reclamábamos entonces? ¡Cuánta inteligencia derrochada!
Ocurrió lo mismo en el Seminario. Pero, no vamos a contar ahora
“batallitas” que no tienen nada que ver con los idiomas, o quizás mucho, ya
que el latín, una maría más, formaba parte de un currículum que contenía
asignaturas que nunca llegamos a entender muy bien para que servían: Formación
del Espíritu Nacional, por ejemplo. El griego ya era otra cosa. Aprendimos,
al menos, el Ave María y, además, nos sentíamos atraídos por su civilización,
llena de poesía y de sentimientos.
Podemos decir, para resumir, que las
generaciones del Ingreso y las Reválidas nos sentíamos bastante políglotas:
además de mejorar nuestro castellano de pueblo, traducíamos bien el inglés,
entendíamos los chistes de Ramón cuando, en el Hermano Lobro, nº 176-1975,
hacía hablar a sus personajes en francés (“Hemos
pasado de ser el “Non plus ultra” a ser el “Rien ne va plus”), comprábamos
muchos diccionarios de latín y griego,... Por cierto: el famoso Assimil, que
seguíamos en aquellos magnetófonos de carretes, se parecía un poco a algunos
métodos de ahora: cuando no se enganchaba la cinta se iba la luz y, si
funcionaba, peor, todos lo repetíamos mal, pero unos recibían los palos por
los errores y otros los daban: el caso era conservar el orden.
Por eso, cuando, tras la reválida,
recuperamos otra palabra tan vieja como el botellón: el “botellón”, uno
sigue pensando que ahora, al menos, los niños tienen la suerte de
ver cómo el mundo siempre avanza hacia delante, a
pesar de la moda revival. En
eso, como en tantas cosas, estamos también de acuerdo con Max Aub, un español
de la diáspora, quien escribiera en su libro “La Gallinita ciega”; “la inteligencia no tiene remedio.”