Imagen y palabra
A Jessica Giaquinta García
Por Jesús Bozal Alfaro
Ilustrar
un artículo no
resulta nada fácil. Primero hay que leerlo, entender su lenguaje, su posible
mensaje, reflexionar y, por último, plasmar una imagen que lo sintetice y le de
vida.
Poco a poco, semana a semana, dibujo a dibujo, color a color, Jessica Giaquinta García – musa desconocida de una redacción animosa - ha ido narrando una larga historia a base de acontecimientos (Manhattan), idiomas (¡San Saturio hablando italiano!; la lengua de las misioneras), artes (la trashumancia), ciudades (París, Soria, Salamanca), periodistas en medio del horror de la guerra (Afganistán), fiestas (Navidad), refranes, tragedias (la dilapidación), premios (Sello Europeo 2001 para la Escuela Oficial de Idiomas), historias de viejos (el ingreso), teorías filosóficas (la auto-comunicación),......
Sus
personajes fueron
conquistando, trazo a trazo, el espacio que le correspondía en la columna y en
la estima de todos. Aquí puso el acento en un gesto, allí en una palabra
clave, acullá en un paisaje urbano, rural o sentimental. Sin nombre, sin
nacionalidad, los muñequitos de Jessica, apátridas políglotas, tenían como
único objetivo salir en el periódico para saludar a los niños y a los
maestros, a los profesores, a los políticos, a los intelectuales y a los
toreros que leían, cada semana, esta sección buscando en los idiomas y los
mundos un pequeño encuentro con la solidaridad. Sin vocación de parásitos,
estos muñequitos inventaban cada semana una nueva visión simbólica de las
cosas que nos rodean: el dolor, el olor y la fiesta.
A fuer de sinceros,
nos es difícil saber si el dibujo sirve para ilustrar el artículo o éste para
ilustrar a aquél. Para no discutir, se puede llegar a la conclusión de que
conviven juntos y separados; lo cual, en los tiempos que corren, puede que sea
una de las soluciones.
Allá por abril,
nuestros pequeños
Saturios
- ¿por qué no llamarlos así? – comenzaron a leer
a Blas de Otero. La ira se apodera siempre del terror. “Escribir de día”,
y leer, y andar por el parque, y sonreír debajo de una farola, mientras se espera
a alguien. Saturios, los pequeños Saturios, no tenían problemas para estar en
todos los países (los idiomas son de todo el mundo) y hablar en todas las
lenguas, buscar el
Arco Iris, la paz, y recordar que los cursos de invierno saben
siempre a poco. Sobre todo a los jóvenes. Cursos del amor, de la sensación de
ser eterno, arrastrando maletas gigantescas, mientras el tiempo pasa y se
descubre que el norte está mucho más lejos, mucho más alto, mucho más
profundo.
Y así llegamos a
Machado, el poeta de
la imagen, que captara el alma de Soria (Manuel Núñez Encabo) nada más
bajarse del tren, una mañana fría (Roberto Vega). “Aquí estuvo el amor, aquí
la maravilla”, cantaba, ¿hace siglos?, el grupo Agua
Viva. Y así llegamos a valorar la importancia de las imágenes que, gracias
a otra Guía Machadiana, podrán
seguir – prendados - esos extranjeros que, abriendo sus libros de escuela,
confunden a España con Soria, su capital poética. Allí, aquí, en donde el
poeta descubrió, como escribe Gaya Nuño (El Santero de San Saturio),
la primavera.
Uno se asombra de que
Jessica no haya
dibujado todavía la Curva
de Ballesta que
describe el Duero, a su paso por Soria: uno de los lugares más importantes de
la geografía literaria universal, que debería estar cuidado, mimado, señalizado
e iluminado. Lo dejará, quizás, para el último impulso de un curso que se nos
va, esperando, al menos, haber entretenido - con los dibujos y las letras - a
esos niños, a esas niñas, a esos lectores, a esas lectoras anónimos, anónimas,
que sueñan con captar los mundos a través de los idiomas
que cada uno domina.
No sabemos qué habrá dibujado Jessica para esta columna de hoy. Seguro que nos
sorprende. La verdad es que las ideas las aporta ella. Nosotros sólo las
pintamos. Y ustedes, vosotros, les dan, les dais, vida.