la lengua y la tolerancia
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Heraldo de Soria
Texto: Jesús Bozal Alfaro. Ilustración: Jessica Giaquinta García
Nos anuncian que, en un país extranjero, del que no queremos ni citar el
nombre,
van a celebrar un juicio – se supone que el tribunal estará presidido por un
hombre de ley – en el que piensan condenar a una mujer a morir dilapidada.
Para que nos hiciéramos una idea, las televisiones del mundo entero nos han
mostrado un ejemplo anterior. Se coge a una mujer condenada por ¿adulterio?, se
cava un agujero en el suelo, se la mete dentro de un saco, cerrado y blanco,
hasta las rodillas, y, al grito (en castellano) de ¡ya!, los hombres que, en círculo,
esperan el gran momento del escarmiento, comienzan a tirar piedras contra ella, como si se
tratara de un muñeco. Se supone que, mientras estos hombres lanzan piedras,
emitirán vocablos correspondientes a la lengua oficial de su país. Los mismos,
seguramente, que los que se han pronunciado, a lo largo de la historia, en otras
muchas lenguas: Manhattan, Guernica, ........
Si analizamos la escena, podemos observar cómo el
sonido que brota de las entrañas de estos hombres convierte a esta indignidad
en un rictus cultural. La lengua/idioma no sólo acompaña al gesto sino que
amplifica su simbología agresiva. Imaginemos a estos hombres, aprendiendo en la
escuela las reglas de convivencia humana: “Niños,
il faut (hay que) respetar al ser humano, comprenderle, perdonarle, cuando se
equivoca o trasgrede alguna norma, juzgarle con justicia y castigarle
proporcionalmente”. Adultos, parece como si aquellas buenas enseñanzas no
les hubiera entrado en la cabeza. Con el agravante de que el motivo del delito
forma parte de eso que se llama “cultura” local;
comparable, en ese sentido, a aquella otra que recoge, en el libro de “usos y
costumbres” el lanzamiento de un burro desde la torre de un campanario. ¡Quién
es capaz de decirles que no se hace eso con los burros! Desgraciadamente, el
sujeto pasivo, en el caso que nos ocupa, es
una mujer; un ser humano, con nombre y apellidos. ¿Machismo? Incultura. Porque
si esta gente hubiera aprendido bien su idioma, habría comprendido que las
palabras encierran un significado y que, por ejemplo, la palabra mujer no lleva
implícito ningún mensaje diferenciador. La diferencia está en el cerebro, no
en el sexo. Al menos, en castellano.
Puede ocurrir, no obstante, que las imágenes que nos
pasan por la tele (para mejorar los índices de audiencia, además de para
denunciar semejante atrocidad) no tienen nada que ver con la realidad de esos países.
Son hechos puntuales, patrocinados por grupos de “iluminados”, como los que,
por desgracia, abundan en todo el mundo. De ahí que, a pesar de todo, seamos
optimistas y sigamos convencidos de que los conceptos siguen significando lo
mismo en todas las lenguas. Ahora bien, ya que estas imágenes se han metido en
nuestro cuarto de estar, hemos querido saber qué traducción podríamos dar al
adjetivo aplicable a estos héroes de la lengua de piedra (estamos seguros
de que nuestro amigo Souley Alarou,
que vive en Niamey, Níger, llora de rabia al ver cómo se está haciendo viejo
y aquel gran continente sigue transmitiendo imágenes desenfocadas de una
realidad mucho más positiva). “Salvajes”, nos dicen nuestras compañeras,
se traduce en francés por “brutes”;
en inglés por child, como en alemán,
y en italiano, salvaggi. La verdad es
que la escena no necesitaría adjetivarse. Los ojos se estremecen y el cerebro
se interroga.
Casi el mismo día se nos dice que el hombre dedica,
ahora, 7 minutos más que antes a las tareas domésticas. ¡Vaya avance!. Parece
como si las estadísticas no recogieran todavía que la mujer está ya en otra
onda. ¡Y la chusma de piedra sin enterarse! Para entretenerse, a modo de ejercicio práctico,
los de la chusma podrían abrir sus
diccionarios y comenzar a mirar cómo se traduce la palabra “jaula” en inglés,
en francés, en alemán y en italiano.
Cuando habíamos ya terminado este homenaje a la
tolerancia, nos enteramos del fallecimiento de Camilo José Cela. Además de ser
un hombre de lengua contradictoria y magnífica, este gallego universal nos enseñó
a escribir mejor leyendo su Viaje a la Alcarria. Nuestro agradecimiento será,
por esa razón, eterno. Su relectura valdrá como homenaje.