La lengua de las misioneras

Texto: Jesús Bozal Alfaro Ilustración: Jessica Giaquinta García
Heraldo de Soria
De todas las lenguas que se hablan en el mundo, la menos conocida
es, posiblemente,
la lengua de las misioneras. Una lengua que transmite comprensión, dulzura,
valentía y firmeza. Lengua de mujeres de una pieza que, cerrando el paréntesis
de su pasado, se arremangan para ponerse al servicio de gentes que habitan
mundos tan lejanos como desconocidos. Su fuerza es tan inmensa que es capaz de
conseguir, con grandes esfuerzos y sacrificios - maña y sensibilidad, paciencia
y comprensión - levantar casas (¡qué importa que no haya luz por la noche, ni
televisión, ni esas cosas tan aparentemente insustituibles!), abrir hospitales,
enseñar, a ojos arruinados por el olvido, el camino de un incierto desarrollo
que, gracias a ellas, parece incluso posible.
El
mundo no está dividido en dos: Occidente, Oriente; buenos, malos; hombres,
mujeres; público, privado. La realidad es mucho más compleja; aunque, si
hubiera que establecer una diferencia, las misioneras no dudarían ni un
instante: necesidad y opulencia.
Para
merecer confianza, las misioneras hacen caso, en primer lugar, a su propia
lengua. Solo así pueden entender las carencias de los otros (los niños que
miran atónitos, alargando su sonrisa acostumbrada a la escasez; los hombres sin
destino; las mujeres insignificantes, ataviadas con túnicas de colores),
poniendo en práctica el mejor remedio posible. Es mucho más lo que reciben que
lo que dan, suelen repetir. Parece lógico. Descubren, detrás de la apariencia
de un mundo sin casi nada, que los seres humanos somos otra cosa. Por otra
parte, mientras van asimilando las equivalencias de las palabras, los usos y
sonidos de la lengua de sus nuevos alumnos, de sus nuevos enfermos, de sus
nuevos vecinos, de sus nuevos maestros, usan, para hacerse entender, la lengua
universal de la mano tendida, la sonrisa amiga, el corazón abierto y, sobre
todo, el aliento, necesario al ser humano para sentirse dueño de su propia
esperanza.
Así
es la lengua de las misioneras.
Ayer
se fue Sor Guadalupe Martín a Rwanda (a Kivumu, 200 kilómetros al norte o al
sur de Kigali, la capital): “Tenemos una
casa allí. La teníamos, mejor dicho, pero hubo problemas y tuvimos que
abandonarla. Ahora me envían a ponerla en funcionamiento. Dos meses solamente.”
La lengua de Sor Guadalupe (español, francés y kiniarwanda,
parecido al vasco) no pretende ser palabra sino ejemplo de vida; esa que,
mientras se escucha una canción, al caer la tarde inmensamente silenciosa, va
describiendo esas sensaciones que los hombres del primer mundo ocultan con vergüenza,
ocupados en intentar que el paso del tiempo no les marque infinitamente.
La
lengua de las misioneras es, quizás, la única que sabe comprender el mensaje
de la diferencia, mitiga el dolor, anima y racionaliza las derrotas. Por esa razón,
además de entender, las misioneras han convertido su lengua en puro canto,
identificándose, a través de él, con la historia de unas gentes que necesitan
saber que ellos también tienen una.
Y,
cuando las misioneras se agobian y parecen cansadas, son ellos los que gritan: “Bonjour.
Kómera, ma soeur. (Buenos días. ¡Animo, hermana!"). Nunca una palabra de
ánimo ha definido mejor la noción de respeto y de agradecimiento.
Sor
Guadalupe quería irse para siempre. Es duro regresar después de haber dejado
allí la mayor parte del corazón. La lengua de las misioneras es también una
de las lenguas que mejor expresan el desgarro emocional: necesitan quedarse allí
para compartir con ellos sus sueños y sus tragedias, sus cánticos y sus
oraciones; incluso su tierra. Así lo cree también el escultor vasco, Jorge
Oteiza: “Se es de donde se sufre. El
dolor es una patria ganada, no heredada.” (EPS, 17-03).
La
lengua de las misioneras es, en fín, un himno de alegría y de solidaridad que
surca las montañas, acercándose a millones de seres humanos que esperan o
siguen esperando ese grandioso alimento contra su tragedia.