la lengua de los niños

                                                                                                    Jesús Bozal Alfaro

                                                                                            Heraldo de Soria, 15-05-2003

La lengua de los niños es la misma que hablábamos nosotros cuando éramos como ellos: ingenua, indiscreta, explosiva, directa, pequeña. Les/Nos gusta/ba saber el por qué de las cosas. Por eso, cuando preguntan, esperan respuestas de mayores. Desgraciadamente, nosotros – los niños de antes – hemos asumido ya que, a veces, como cantaba Juan Manuel Serrat, “.... eso no se dice, eso no se toca,.... Eso, esto y aquello ......, tampoco se pregunta. De ahí que, cuando pueden, no paran de levantar la mano y preguntar, alto y claro, sin complejos, por la “historia” de su pasado; el por qué de las cosas que les rodean. ¿Por qué no sabemos responderles? ¿O, peor, por qué no les permitimos que nos lo pregunten?

Desde el punto de vista lingüístico, la lengua de los niños está formada por un pequeño número de palabras, con las que juegan sin parar intentando expresar su relación con cada momento de su día a día. A veces – demasiadas - los niños se quedan mudos y cambian las palabras por lágrimas. Su lengua enmudece porque no consiguen encontrar ningún vocablo que traduzca su protesta, su tristeza, su impotencia o su perplejidad. ¿Quién no ha leído en sus labios, en sus ojos, en sus gestos? La lengua de los niños es tan expresiva como la de los viejos. Deberían convivir juntos. Al menos, aunque sus timbres de voz sean tan opuestos, sus preguntas merecerían seguramente respuestas lógicas y concretas.

Algún día, cuando estos niños lleguen a mayores, revolverán en sus recuerdos, desempolvando sus antiguos sentimientos con frases llenas de adjetivos, verbos adecuados, ritmo y equilibrio. En ese momento, el niño y el mayor se reencontrarán para siempre.

A veces, los mayores dejan de entender a los niños, creyendo que su pequeña lengua de “trapo”, de “niño”, no se adapta a la realidad de la “vida”. Es posible que tengan su parte de razón, pero, por si acaso, deberían de aceptar también que su lengua pequeña está exigiendo respuestas sin eufemismos.

La lengua de los niños se ha enriquecido desde siempre con el lenguaje figurativo: el dibujo. Entonces, como si fueran mayores, se dejan comprender con sorprendente facilidad. Se demuestra así que sus preguntas, lejos de considerarlas como infantiles, debería llevarnos a contestarlas todas, olvidando nuestros prejuicios “infantiles”. 

Poco a poco, a medida que el mundo va avanzando entre pedregosos caminos plagados de violencia (¿en qué lengua hablan los niños palestinos y los niños israelíes?; ¿y en cuál otra los millones de niños explotados por los mayores?), la lengua de todos va perfeccionando el lenguaje y los niños aprenden cada vez más temprano las claves de lo que les espera. Ahí tenemos otro buen argumento para insistir sobre la importancia de aprender idiomas. Y cuantos más mejor. De esa manera, las respuestas se enriquecen con los matices de cada una. Así, si una no acaba de definir un concepto concreto (amor, guerra, vejez, miseria, explotación), se puede recurrir a otra y completarlo, de esa manera, para no perder ni uno siquiera de sus matices. El mestizaje lingüístico podría enriquecernos culturalmente a todos. ¡Alguna ventaja habría de tener la mundialización!

La fotografía con la que ilustramos esta pequeña colaboración nos enseña más de su lengua de carencias que mil libros repletos de teorías moralizantes. Son niños de Senegal que, como nos dice la autora de la fotografía, Rocío Martín, se prestan voluntarios a salir en todas las fotos, tanta es su ansia por asomarse al mundo mágico de la opulencia. ¿Qué dicen? ¿Utilizan, quizás, una lengua diferente a cualquiera de los niños que pueblan el resto del mundo? Por supuesto que no. No hay sino compararlas: es la misma.

Lejos de allí, los niños de las comuniones se saben al dedillo la lengua sonriente de los mil y un regalos. Una lengua que, primero, llena de ilusión, y, luego, incluso agobia. Sus trajes, sus vestidos, tan bonitos, tan planchados, tan figurativos, contradicen posiblemente las verdaderas preocupaciones de sus portadores.

La lengua de los niños, en fin, por lo que hemos podido comprobar, sigue gozando de muy buena salud. Lo cual, no deja de alegrarnos. ¡Dichosos de nosotros si sabemos, no sólo escucharla, sino comprenderla y, sobre todo, dejarla que se exprese con toda la riqueza de su fluidez y de su frescura!