PERIODISTAS E INTÉRPRETES

Heraldo de Soria, 28-11-2002

Texto: Jesús Bozal Alfaro.  Ilustración: Jessica Giaquinta García

La muerte del periodista de El Mundo, Julio Fuertes, ha despertado, una vez más, la conciencia de los que no lo somos. Cuando leemos un periódico, escuchamos la radio, miramos la televisión, nos sentimos fuertemente atraídos por la figura del corresponsal de guerra, transmitiendo sus crónicas urgentes – resignadas/optimistas/temblorosas/eufóricas – en las que lo vivido (el detalle, el incidente, la última noticia) se mezcla con lo sentido (el dolor, el miedo, la alegría, el recuerdo); y el lenguaje con los gritos desgarrados de las víctimas del horror. A veces, escuchándoles, la imaginación nos hacer verlos casi como héroes, capaces de jugarse la vida por contarnos lo que pasa en cualquier parte del mundo. Son gente con suerte, nos decimos, porque, mientras nosotros sucumbimos a la rutina, ellos viajan de aquí para allá, dejando atrás las fronteras, sorteando las balas que silban a la muerte, llegando a los lugares más imposibles, en donde conviven gentes de usos y costumbres completamente diferentes a los suyos, expresándose además en lenguas endemoniadas, perfectamente incomprensibles. Es su profesión. Nosotros, sin embrago, sentados en el sillón del cuarto de estar, la percibimos como un hobby, un privilegio. ¿Quién pudiera hacer lo mismo? Salvo, quizás, cuando nos enteramos de que uno de esos poetas de la información inmediata, tan normales como nosotros, enamorados de la vida, compañeras de compañeros/compañeros de compañeras, con hijos, padres, ilusiones, hobbys, mueren en una emboscada sin suerte. Como Julio Fuertes, de El Mundo, Miguel Gil, Mari Grazia Cutuli, de Corriere della Sera, Harry Burton y Azizullah Haidari, de la agencia británica Reuters, Johanne (la periodista francesa que enviaba sus crónicas en español para la RFI-Amérique Latine),... o el cámara sueco muerto ayer mismo. En esos momentos, pertenecer a “la tribu” (“Los ojos de la guerra”, Plaza y Janes), ya no nos entusiasma tanto. O, quizás, mucho más... Por solidaridad, por respeto, seguramente.

        Esos “intermediarios entre el horror y la ignorancia” (Ramón Lobo), los periodistas de guerra, conocen bien el inglés, muchos también el francés, el italiano, el alemán, el ruso... Pero, en Kabul, por ejemplo, se habla el PASTÚN. ¿Quién conoce semejante lengua? Llegar a Kabul para escribir la destrucción o mirar la cara de las mujeres sin burka azul tiene que impresionarles más bien poco. ¡Las ruinas no las distinguen ni los idiomas que las recuentan! Pero escuchar y transmitirnos los testimonios de Nafisa o de Sajida, la profesora de Pastún, dedicada actualmente a la costura, porque le prohibieron hace cinco años enseñar su lengua a hombres, acaba resultándoles una necesidad y una justificación: dar voz a los que no la tienen. Es en ese momento cuando entran en escena los intérpretes. Gentes del lugar que conocen perfectamente el mundo que les rodea, que saben interpretarlo, convirtiendo los sonidos, los gestos, las voces en algo significativo para nosotros. El pequeño milagro que opera este “periodismo con niñera” llega, en parte, a nuestro periódico, a nuestro cuarto de estar, a nuestra emisora de radio. El resto, la escritura, la relación, según Barhes, entre el lenguaje y la sociedad, lo pone el periodista que habla nuestra lengua y conoce perfectamente a su público. A medida que pasan los días, que el periodista va entrando más y más en la vida del lugar que visita, las crónicas se iluminan, ofreciéndonos una visión cada vez más cercana, cada vez más parecida a nuestra propia existencia. La relación/convivencia entre periodista y “niñera” suele ser difícil. Y la del periodista con la guerra también. A veces, según cuentan ellos mismos, el cansancio les atenaza y, a pesar de que es “sólo un trabajo”, nada les seduce tanto como dejar de atravesar fronteras, cargar con cámaras de imágenes históricas, grabar testimonios de gentes que viven en mundos tan alejados como desconocidos.

        Nafisa, la mujer afgana que acaba de levantar el velo de su burka, para mostrar sus ojos (y sus labios rojos) al corresponsal de RNE, Fran Sevilla (El País, 18 de noviembre), llevaba cinco años sin escuchar una canción. Hablar, expresarse sin miedo, tras tantos años sorda, muda, ciega y, encima, invisible, bajo un burka azul, sólo lo pueden soportar mujeres tan enormes como Nafisa. “Música, música”, gritó cuando se enteró del final de la primera pesadilla. Música, música, en honor de una profesión, la de periodista, que nos permite escuchar el latido de corazones lejanos, cercanos, parecidos, iguales que los nuestros. ¡Música! En cualquier lengua; en cualquier idioma. Contra el olvido.