Sello Europeo, 2001

Heraldo de Soria

Texto: Jesús Bozal Alfaro   Ilustración: Jessica Giaquinta García

Vuelve uno satisfecho de Madrid, con un diploma firmado por la ministra de Educación, Cultura y Deportes, Doña Pilar Del Castillo, y un trofeo que simboliza la voluntad de las instituciones europeas porque las lenguas, lejos de alejarnos, unan cada vez más a las ciudadanas y a los ciudadanos de Europa. Se premiaba así un proyecto – cuatro, a nivel nacional - que pretende, desde hace algunos años ya, sensibilizar a la sociedad soriana de la necesidad de aprender idiomas para no perderse nada de lo que ocurre en nuestro entorno.

La ida se hace más cuesta arriba y entrar en Madrid tampoco es cosa de un rato. Cuando, al fín, llegamos a la Castellana, las lenguas multicolores de coches, que van y vienen en oleadas, nos arrastran hasta el primer parking que nos acoge. Cerca de allí, los “clochards” del pasaje de Recoletos, danzando en sueños al son del estruendo,  comienzan a despertarse. Cada uno con sus cartones, en habitaciones separadas, dejando un amplio pasillo para que pasemos. Uno de ellos, incorporado, nos mira tímidamente: la miseria y el asombro frente a frente. ¡Otro día más!. Junto al monumento a Colón, la gran bandera española flota al viento, altiva, barriendo la brisa y la famosa polución madrileña. Un grupo de chinos, muy cerca, intentan ahorrarse unos euros, al tiempo que, entre sonrisas, fotografían los monumentos como si comprendieran su historia. Mme Shan Sa, escritora francesa, nacida en China, escribía en Le Nouvel Observateur (nº 1941) que ellos aprenden nuestras palabras (amour-amor-love) como si fueran fotografías, acostumbrados como están a los ideogramas.

El ruido, la verdad, no nos deja contemplar esta ciudad en la que han pasado tantas cosas (la matanza de Atocha, por ejemplo, hace veinticinco años). Desde lo alto, sus antiguos moradores nos observan sin perder la memoria. La gente pasa o se para: están rodando una escena, frente a un escaparate de la calle de Serrano. Parecen todos de Madrid, pero, cuando preguntamos, nos enseñan un pequeño mapa, con cruces, debajo de una carpeta negra. Madrid no es París. Aquí, a pocas veces que vengamos, casi nos sentimos como en casa. Son dos teatros diferentes.

Siempre que íbamos a Madrid nos encontrábamos con Marsillac, ese hombre culto, de hablar reposado, filósofo de la vida, amante de sus amores viejos, firmante de manifiestos, escéptico y, por eso mismo, cuerdo. Esta vez, no. Madrid, y nosotros, hemos perdido, hélas, otra referencia en el año uno, después del año europeo de las lenguas. Y, como íbamos nosotros a eso, nos acordamos de él, y de nosotros mismos, mientras escuchábamos a la coordinadora de nuestro proyecto, Loli Colino, zamorana, hablar de Soria, esa ciudad, decía, tan sorprendentemente interesada por todo lo que ocurre en el mundo. Quizás, el premio, sea debido a que nuestro enfoque europeo se parezca al de Marsillac: abierto, crítico, tolerante........ ¿Por qué no dedicarle, pues, a él, este premio? Y, un pensamiento, una oración, una flor.

Este premio, merecido - puesto que nos lo han dado – podíamos dedicárselo también a Soria, esa ciudad machadiana, “tan blanca como la luna”, de raíces profundas y amores eternos. Soria: alumnas/alumnos que van y vienen por los pasillos, intentando aprender verbos que les ayuden a avanzar, y adjetivos que describan los paisajes de sus momentos señalados. Soria: sus maestros. Soria: cuantas personas la ayudan, sinceramente, a dar pasitos hacia adelante.

Escribíamos, no hace mucho, que Soria era una ciudad cosmopolita. “Mi madre era soriana”, nos comentaron después de la ceremonia. “Tenéis razón. Los sorianos son así”, insistió. Cosmopolitas. Por eso nos ha encantado tanto este premio europeo. Gracias.