ROSA

Ensayo científico, literario, artístico e histórico.

 

Por: Manuel García Sesma

 

La rosa es quizás una de las palabras más universalmente conocida. Se encuentra en todos los países; tiene traducción en todos los idiomas y evoca sentimientos comunes a cualquier hombre, a cualquier mujer, de cualquier rincón del mundo conocido. Manuel García Sesma, español residente, durante largos años, en México, quiso investigar sobre todos esos aspectos que la convierten en una de esas palabras que mejor expresan la idea de belleza, de paz y de armonía.

 

I ROSAS NATURALES

 

Etimología. La palabra castellana rosa procede inmediatamente de la latina rosa, ae, la cual, a su vez, proviene de la griega, roda, plural del sustantivo griego rodon, ou, que, como el latino, significa rosa.

Las rosas más bellas. La verdadera reina de las rosas es sin duda alguna la centifolia, con sus numerosas variedades de grandes flores y de los más diversos colores: blanco, violado, rosa, encarnado, etc. Entre ellas se destacan tres tipos: la Rosa de Holanda, la Rosa de Francia y la Rosa de Damasco. Por eso seguramente, muchas de sus variantes han sido bautizadas con  nombres de mujeres. Por lo demás, entre el centenar de especies y los cientos de subespecies de rosas que se conocen, no todas son perfumadas, y algunas como las capuchinas, hasta exhalan un olor desagradable; pero, eso sí, no hay ni una sola fea.

Las rosas con nombres de mujer. Las rosas han sido en todos los tiempos las flores preferidas de las mujeres. Seguramente por cuestión de afinidad estética; es decir, como símbolos de la belleza natural. Por eso no es de extrañar la gran cantidad de rosas que han sido bautizadas con nombres de mujer. Entre las variedades de la centifolia se cuentan, por ejemplo, la rosa Madame Hardy, Madame Stoltz, Coelina Dubos, Baronesa de Claparède, Noemi y Juana de Arco. Entre las de la canina, la rosa Emperatriz Eugenia, Ninón de Lenclos, Amade Vibert, etc. Entre las rosas blancas, la rosa Princesa de Lamballe, reina de Dinamarca y Sofia de Marcilly. Y entre las variedades de la systyla, la rosa doña María, Laura Davoust, Juana de William y Melania de Montjoie.

Aplicaciones prácticas de las rosas. Las rosas no son meras flores ornamentales, como cree equivocadamente mucha gente, sino además de utilidad práctica. Y las más bonitas son precisamente, las más útiles. En efecto con las variedades de la centifolia más perfumadas, y en especial con las rosas de Damasco y de las Cuatro Estaciones, los turcos hacen confituras; y los franceses, además de destilar el licor de rosa, perfuman con ellas las grajeas, cremas, pastillas, helados y diversos licores de mesa. Pero el principal producto industrial que se obtiene de ellas es la esencia de rosas. Las más estimadas para tal fin en el mercado internacional son las rosas damascenas de Bulgaria, que dan un dos por diez mil de esencia de rosas. Para obtener un kilo de ésta se necesitan de tres mil a cinco mil kilos de pétalos de rosas frescas.

Las rosas y la religión. “La rosa – escribe Loiseleur-Deslongschamps – brillaba en las pompas sagradas y en las fiestas particulares de los antiguos. Los griegos y los romanos adornaban con guirnaldas de rosas las estatuas de Hebe, de Venus y de Flora. Además, la rosa se contaba entre el número de las flores que servían para ornar los sepulcros”.

Una leyenda greco-romana, desarrollada por Calderón de la Barca en su zarzuela “La púrpura de la rosa” (1660), atribuía precisamente a ésta un origen divino. Según dicha leyenda, habiéndose enamorado Venus del joven asirio Adonis, el dios Marte, rabioso de celos, se disfrazó de jabalí y mató al hermoso mancebo en una cacería. Venus acudió en su socorro, pero tardíamente; y al encontrarse con su cuerpo exánime, lo transformó en anémona, por ser una flor de vida efímera. Por su parte, Júpiter decretó en honor de Venus que las rosas, hasta entonces, blancas, tomaran el color de la púrpura, por ser el de la sangre que corrió de los pies de la bella diosa, al clavarse unas espinas, cuando acudió al lugar del accidente.

A los ojos de los mahometanos, la rosa es la imagen misma de la Divinidad; y para los cristianos, es sobre todo un símbolo de la pureza y de la hermosura de la Virgen María a quien se invoca en la Letanía Lauretana con la advocación de “Rosa mística”.

La misma devoción del Rosario – que, por otra parte, no es una invención cristiana, pues lo usaban ya en la India los sacerdotes brahmanes y budistas, antes del nacimiento de Jesucristo – es una coronación simbólica de rosas de la Virgen María, estando aquéllas representadas materialmente por las cuentas y espiritualmente por las ave-marías que rezan los fieles.

Con rosas se coronan las novicias que van a desposarse místicamente con Jesucristo, al emitir sus votos religiosos; con ellas se adornan a menudo los altares, se alfombran las calles que va a recorrer el Santísimo en las procesiones del Corpus Christi, y se suaviza el perfume del incienso, que sube hasta las bóvedas del templo, en las grandes solemnidades. Las rosas han sido los testigos; el ornamento e instrumento de muchos milagros, como en los casos de Santa Isabel de Hungría, de Santa Teresita de Lisieux y de Santa Rosa de Lima, y en las apariciones de la Virgen de Guadalupe, de Lourdes, etc. Y en fin, los mismos Papas, para premiar determinados servicios a la Iglesia, lo hacen con una rosa: la “Rosa de Oro”, que bendicen solemnemente el cuarto domingo de Cuaresma, llamado por lo mismo Dominica Rosarum”.

Las rosas y la vida social. Las rosas han desempeñado siempre un papel importantísimo en la vida social. Consideradas como emblema de la belleza y del esplendor, de la gracia, del goce y del amor, las rosas han constituido siempre el más brillante ornato de los paseos y de los jardines, de los salones y de las alcobas, de los palacios y de las cabañas, y sobre todo, de las mujeres delicadas y de buen gusto, que jamás se cansarán de adornar con ellas sus vestidos y sus sombreros, sus cabellos, sus manos y su seno.

En Grecia y en Roma, los invitados a los grandes banquetes coronaban de rosas su cabezas, por creer que esta flor los inmunizaba contra la embriaguez.

Por considerar a la rosa como el símbolo de la pureza, San Medard, señor y obispo de Noyon, instituyó una fiesta anual, llamada “Fiesta de la Rosa”, en la cual se escogía entre las muchachas del lugar, a la que gozaba mayor reputación de virtud. Se la coronaba de rosas delante del pueblo reunido y se le entregaba una dote de veinticinco libras. Esta costumbre, iniciada en el siglo VI, fue más tarde adoptada por otras ciudades francesas.

La guerra de sucesión entre las Casas inglesas de Lankaster y de York pasó a la historia con el nombre de “Guerra de las Dos Rosas” porque los partidarios de la primera se adornaba con la rosa roja de su escudo de armas, y los de la segunda, con la rosa blanca del suyo. La Rosa Roja triunfó sobre la Blanca e impuso a Inglaterra la dinastía de los Tudor (1485).

Por fin, una prueba más de la importancia social de la rosa es la serie de Ordenes civiles, instituídas bajo su advocación. Citemos entre ellas: 1) la “Orden de los Caballeros de la Rosa-Cruz”, sociedad de iluminados fundada en Alemania en el siglo XVII; 2) la “Orden los Caballeros y Ninfas de la Rosa”, sociedad secreta fundada en París en 1778 por Chaumont, secretario particular del Duque Luis Felipe de Orleans; 3) la “Orden (alemana) de la Rosa”, sociedad de carácter filosófico y educativo, fundada en 1784 por Francisco Mateo Grossinger; 4) la “Orden (brasileña) de la Rosa”, fundada en 1829 por el emperador Pedro I, para perpetuar la memoria de su matrimonio con la princesa Amelia de Leuchtenberg; 5) la “Orden (hondureña) de la Sagrada Rosa”, de carácter civil y militar, fundada por el presidente Medina en 1868.

 

II ROSAS ARTÍSTICAS.

 

Las rosas como fuente de inspiración. Desde los tiempos más remotos, la rosa ha servido de fuente de inspiración a toda clase de artistas y artesanos. La elegancia de su silueta, la pureza de su corola, la suavidad de sus pétalos, el brillo de sus colores, la voluptuosidad de su perfume, su delicadeza, su gracia y su belleza han sido objeto de loas, de reproducciones o de imitaciones por parte de los poetas y de los pintores, de los arquitectos y de los escultores, de los dibujantes y de los orfebres, de los grabadores y de los estampadores, de los alfareros y de los ebanistas, de los decoradores y de las bordadoras. Ninguno ha escapado al hechizo de su hermosura. Por eso a la reina de las flores se la ve brillar por derecho propio, en los sitos más heterogéneos y en los objetos más diversos; en el telón de un teatro y en el retablo de una iglesia, sobre el ataúd de un muerto y en la cuna de un recién nacido, en la copa de oro de un príncipe y en la escudilla de barro de un primitivo, en el pecho de una cortesana y en la capa pluvial de un arzobispo.

Las rosas en la literatura. Ninguna literatura del mundo ha dejado de celebrar la belleza de las rosas: ni en la antigüedad ni en los tiempos modernos, ni en Oriente ni en Occidente. Sería una tarea inacabable la de demostrar cumplidamente este aserto; por lo que vamos a limitarnos a unas someras indicaciones.

En Grecia, una de las más excelentes creaciones de la poesía lírica es la “Oda de la rosa” de Anacreonte. En la famosa antología, la “Corona de Meleagro”, en la que la obra de cada poeta esta simbolizada por una flor, la de Safo está simbolizada por una rosa. En Roma, la rosa fue tan celebrada como en Grecia.

“Huc vina et unguenta et nimium breves

Flores amoenae ferre jube rosae,

Dum res et aetas et sororum

Fila trium patiuntur atra...”

¿De quién es esta estrofa alcáica..? Del príncipe de los líricos latinos: Horacio en su “Oda de Dellius”. Y Virgilio pinta la dicha de un viejo jardinero de Corycus, anotando que puede “Primus vere rosam atque autumno carpere poma” (Geórgicas, I-IV, v. 134).

En Alemania, uno de los más célebres poemas del romanticismo es “Die bezauberte Rose” o La Rosa encantada. Fue la última y la mejor obra de Roberto Schulze, quien la compuso en su lecho de muerte para un concurso de poesía, abierto por la Universidad de Leipzig. Schulze obtuvo el premio fijado, pero la corona de laurel correspondiente no pudo ser colocada más que sobre su féretro. Una grave afección al pecho, que había contraído, al tomar parte, como voluntario hannoveriano, en la expedición de 1814 contra Napoleón, lo llevó prematuramente al sepulcro, a la edad de 28 años.

En Inglaterra, una de las novelas que tuvieron mayor éxito, hacía mediados del siglo pasado, fue la “Rosa del Líbano”, publicada en Londres en 1859 y escrita por la novelista americana María Susana Cummins. En Francia, una de las obras maestras de la literatura medieval es el poema de Guillaume Lorris y Jean de Meung, "Le Roman de la Rose”, obra alegórica y erudita, sentimental y revolucionaria, en la que la Reina de las flores simboliza a la mujer amada. ¿Y qué aficionado a la literatura francesa clásica no conoce los deliciosos sonetos de Ronsard:

“Comme on voit sur la branche au mois de Mai la rose...”

y “Mignonne, allons voir si la rose...?”

Eso sin contar con las obras en prosa, como, por ejemplo, “Les roses d´Iscahan” de Claude Anet o “La Rose de Saron” de los hermanos Tharaud. En italiano, recordemos los alados versos de Crescimbeni:

“Vaga rosa orgogliosetta,

Superbetta

S´apre e ride in sull´Aurora...”

Finalmente, en castellano la rosa ha sido celebrada por los literatos, y especialmente por los poetas, en todos los géneros y formas literarias. Anotemos entre los romances medievales, el del ciclo carolingio titulado “Rosa florida”, atribuido por algunos a J. Rodriguez Padrón; y el novelesco de “Rosa Fresca”:

“Rosa fresca, rosa fresca,

Tan garrida y con amor:

Cuando vos tuve en mis brazos,

No vos supe servir, no;

Y agora que os serviría,

No vos puedo haber, no...”

El famoso comediógrafo Juan de Timoneda tituló la colección de romances que imprimió en 1573 la “Rosa de Romaces”, y a cada una de las cuatro partes de que se compone las llamó respectivamente “Rosa española”, “Rosa gentil”, “Rosa de amores” y “Rosa real”.

Entre las obras la caballería – nada menos que a lo divino – podemos citar la “Caballería celestial de la Rosa fragante” de Jerónimo de Sempere, aparecida en 1554 y prohibida poco después por la Inquisición, a la que sin duda no olió bastante bien su fragancia doctrinal. Entre los sonetos, anotemos “Vana rosa” y “La rosa y su brevedad de Don Luis de Góngora; y “Estas que fueron pompas y alegría” de Calderón de la Barca.

Entre las décimas, las “Décimas en alabanza de la rosa en competencia con el jazmín” de Juan de Salinas. Entre las odas, “La rosa del desierto” de Álvarez Cienfuegos. Entre los pequeños poemas, “Las tres rosas” de D. Ramón de Campoamor. Entre las casidas, la “Casida de la rosa” de Federico García Lorca.

Entre las leyendas, las de Don José Zorrilla: “Las dos rosas” e “Historias de dos rosas y dos rosales”, incluida esta última en “La flor de los recuerdos”, que publicó en México en 1855. Entre las poesías líricas en general, “La rosa blanca” de Carolina Coronado y “Las rosas de Hércules” de D. Tomás Morales.

(Entresaquemos de paso, de la lírica hispano-americana, “La rosa Niña” de Rubén Darío, y las mexicanas: “Rosa de Fuego” de Agustín F. Cuenca, “A una rosa marchita” de Fernando Calderón, el soneto “A la rosa” de Sor Juana Inés de la Cruz, “Rosas de Amor y dolor” de Francisco M. Olaguíbel y “¿Qué estas haciendo, rosa...?”, de Amado Nervo). Entre las comedias, podemos citar “La rosa amarilla” de Eusebio Blasco y “Rosas de otoño” de Jacinto Benavente. Entre las novelas, “El hombre de la rosa blanca” de Pedro Mata y “La rosa de los vientos” de Concha Espina. (Y entre los cuentos, “Por que las rosas tienen espinas” de la chilena Gabriela Mistral.) Finalmente, entre las zarzuelas, anotemos “La púrpura de la rosa” de Calderón de la Barca, “El puño de rosas” de Carlos Arniches, así como “La rosa del azafrán”, “La del manojo de rosas”, etc.

En España, la poesía más inspirada acerca de la rosa es la silva “A la rosa” de Francisco de Rioja; y en México, el soneto “A la rosa” de Sor Juana Inés de la Cruz, cuyos textos transcribimos a continuación.

“Pura, encendida rosa, / emula de la llama, / que sale con el día, / ¿cómo naces tan llena de alegría, / so sabes que la edad que te da el cielo, / es apenas un breve y veloz vuelo? / Y no valdrá las puntas de tu rama / ni tu púrpura hermosa / a detener un punto / la ejecución del hado presurosa. / El mismo cerco alado, / que estoy viendo riente, / ya temo amortiguado, / presto despojo de la llama ardiente. / Para las hojas de tu crespo seno / te dio Amor de sus alas blancas plumas / y oro de su cabello dio a tu frente. / ¡Oh fiel imagen suya peregrina! / bañote en su color sangre divina / de la deidad que dieron las espumas, / y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo / hacer menos violento el rayo agudo? / Róbate en una hora, / róbate licencioso su ardimiento / el color y el aliento; / tienden aun no las alas abrasadas, / y ya vuelan al suelo desmayadas. / Tan cerca, tan unida / esta al morir tu vida, / que dudo si en sus lágrimas la aurora / mustia tu nacimiento o muerte llora.” (“Silva a la rosa”, Francisco de Rioja.)

“Rosa divina que en gentil cultura, / eres con tu fragante sutileza, / magisterio purpúreo en la belleza, / enseñanza nevada en la hermosura. // Amago de la humana arquitectura, / Ejemplo de la vana gentileza, / En cuyo ser se unió naturaleza / La cuna alegre y triste sepultura. / Con que con docta muerte y necia vida, / Viviendo engañas y muriendo enseñas. (“Soneto a la rosa”, Sor Juana Inés de la Cruz.)

Las rosas en la pintura. Dudo que algún pintor del mundo haya resistido a la tentación de pintar rosas, por lo menos, una vez en su vida. Hasta los cubistas, cuyas figuras a base de ángulos y aristas representan la negación más completa de las suaves curvas de la rosa, las han reproducido a su manera. Por eso, la pintura de las rosas es universal, como lo es su literatura. En ella podemos distinguir tres clases de obras: 1) cuadros de flores o de paisajes en los que las rosas figuran por derecho propio; 2) cuadros en que las rosas figuran únicamente como simples detalles ornamentales del fondo; 3) cuadros en que figuran como ornato de las personas, ordinariamente del bello sexo. (Pinturas como “El nombre de la rosa” de Franz Hals - Colección Quilter de Londres – no son frecuentes). Los cuadros celebres de la rosas, anotemos los vasos de “Flores” de Daniel Sghers (Museo de Dresde) y Bartolomé Pérez (Museo del Prado y entre los jardines, “El almuerzo” y “En el jardín” de Claude Monet; “Jardines de Aranjuez” y “ Jardín valenciano de Monfort” de Santiago Rusiñol (Museo Municipal de Barcelona), y “Rosas de te” de Alberto Aublet.

Entre los cuadros en que las rosas sirven de detalles ornamentales del fondo, se pueden citar “País de abanico” de Fortuny, “Las Tres Gracias”, “La diosa Flora” y “El Jardín del Amor” de Pablo Rubens (Museo del Prado), “Por Sevilla” de Manuel de la Rosa, “La Sagrada Familia” de Rafael, “La Primavera” de Botticelli; “Madona en una guirnalda de flores” de Breughel el Viejo (Museo del Prado), “La coronación de la Virgen” de Filipo Lippi, “Lirios” de Sargent (Galería Nacional de Londres) y “San Ignacio” de Daniel Seghers (Museo de Amberes).

Finalmente, entre los cuadros en que las rosas sirven de adorno a las mujeres, anotemos: 1) los de mujeres que llevan rosas en las manos, como “Marie Antoinette” de Madame Vigee-Lebrun, “Ana de Austria” de Rubens, “Madame Henriette en Flore” de Nattier (Museo de Avignon), “María Tudor” de Antonio Moro (Museo del Prado), “Elena Fourment” de Rubens (Museo de La Haya) y “Belleza recibiendo la rosa blanca de manos de su padre” de Jose Sohthall; 2) mujeres que llevan rosas en el pecho, como “Portrait de Madame de Gueydan” de Largillière (Museo de Aix) y “El abandono” de Fragonard; 3) mujeres que llevan rosas en su cabello, como la diosa “Flora” de Pompeya y “Dama de paseo” de Picasso (Galería Tanhauser de Lucerna); 4) mujeres que llevan rosas en sus vestidos, como “La Camargo” de Lancret (Museo de Berlin) y “La Marquesa de Boglione” de Nattier (Colección del Marques de Chaponay.)

Completemos la lista con algunos cuadros religiosos célebres, como “La Virgen de la Rosa” de Alejo Hernández (Iglesia de Santa Ana de Triana), “La Virgen de las Rosas”, de Martín Schongauer (Catedral de Colmar), los “Desposorios místicos de Santa Rosa de Lima” de José Antolínez (Museo de Budapest) y “Santa Brígida ofreciendo flores al Niño Jesús” de Giorgione (Museo del Prado).

Las rosas en la escultura. El papel de las rosas en la escultura ha sido siempre modesto, limitándose al aspecto puramente ornamental. Es perfectamente comprensible, dada la naturaleza de este arte... Con todo se dan con cierta frecuencia en la imaginería religiosa, debido a su vinculación a tradiciones piadosas de carácter taumatúrgico, como en los casos de Santa Rosa de Lima, de Santa Tersita del Niño Jesús o de la Virgen de Guadalupe. Mas donde realmente abundan, es en los bajo-relieves, tímpanos, sepulcros, relicarios, estelas, sillerías de coro, armas, vasos, muebles, alhajas, etc. Entre las obras famosas de escultura en que figuran las rosas como ornamento, podemos citar “El péndulo de las Tres Gracias” de Falconet (Colección Camondo), la estatua de “María Leczinska” de Guillaume Coustou, “La Danza” de Carpeaux (Fachada del Teatro de la Opera de París), “La Fuente” de Daniel Dupuis y “El Recuerdo” de Mercié (Museo del Palacio de Luxemburgo de París.)

Las rosas en la arquitectura. Su influencia ha sido naturalmente menor todavía que en la escultura, reduciéndose a dos elementos arquitectónicos: 1) La rosa o ventana circular calada con adornos, abierta encima de las portadas de las grandes catedrales góticas, como Nuestra Señora de París o la Catedral de Toledo; 2) el rosetón o gran adorno circular en forma de rosa abierta, que se emplea en los “caissons” de los techos, de las bóvedas y de las cúpulas de palacios y templos, como en la Catedral de Burgos o en San Juan de los Reyes de Toledo.

Las rosas en las artes menores. La influencia de las rosas en las artes menores ha sido tan grande como en la literatura y en la Pintura. Y mayor todavía, ya que desde los tiempos más remotos, la rosa ha sido reproducida en la cerámica y en la orfebrería, en la miniatura yen la vida en la cerámica y en la orfebrería, en la miniatura y en la vidriería, en la tapicería y en la glíptica, en la litografía y en la mueblería, etc. Se la encuentra en la decoración de los vasos griegos y de los mosaicos romanos, de los libros de Horas de los príncipes medievales y de las casullas delos obispos y abades, en las tapicerías de los Gobelinos y en las porcelanas del Retiro, en las alhajas de las Reinas y en las vidrieras de las Catedrales europeas.

Las rosas en la Música. Hasta a los compositores de música ha servido de musa la Reina de las flores. Citemos, por ejemplo, entre las operas: 1) “La rose ou les Jardins de l´Hymen”, con letra de Piron y música de Rameau, estrenada en la Opera Cómica de París el 5 de Marzo de 1744; 2) “La Rose blanche et la Rose rouge”, ópera en tres actos, con libreto de Guilbert-Pixerecourt y música de Gaveaux, estrenada en el Teatro Feydeau de París, el 20 de Marzo de 1809; 3) “Rose et Colas”, ópera cómica en un acto, con libreto de Sedaine y música de Monsigny, estenada en Paris en 1764; 4) “La Rose blanche et la Rose rouge”, ópera italiana en dos actos, con música de Mayer, estenada en el Teatro Italiano de Paris, el 8 de Mayo de 1823; 5) “La Rose de Peronne”, ópera cómica en tres actos, con libreto de Leuven y Dennery, y música de Adolfo Adam, estrenada en la Opera Cómica de París, el 12 de Diciembre de 1840; 6) “La Rose de Florence”, ópera en dos actos, con librerot de Saint-Georges y música de Emmanuele Riletta, estrenada en la Opera de Paris, el 10 de noviembre de 1856; y 7) “El Caballero de la Rosa” de Richard Strauss. Entre las zarzuelas, anotemos: “El puñao de rosas” con música de Ruperto Chapi, “La Rosa del manejo de rosas” con música de Pablo Sorozábal y “La rosa del azafrán” con música de Jacinto Guerrero, estrenadas todas en Madrid en la primera mitad del siglo XX.

Entre las operetas, podemos citar “La rose de Saint-Flour”, con libreto de Michel Carré y música de Offenbach. Y entre las obras de concierto, “La peregrinación de la rosa” para solo, orquesta y coro, de Roberto Schumann (opus 12); los lieder “Das Rosenband” de Schubert y “Una Rose in dono” de Albéniz; y las melodías “Le mariage des roses” y “Roses et papillons” de César Francz sobre poesías de E. David y Victor Hugo respectivamente.