LEONOR IZQUIERDO: UNA MUJER DIGNA
I Centenario Antonio Machado (1907-2007)
Seminario
Leonor: El influjo de Leonor en la obra de Antonio Machado
Una
mujer digna
Por
Jesús Bozal Alfaro
Fundación Antonio
Machado de Collioure
Soria,
19 de octubre de 2007
Es un hecho que la figura de Leonor
Izquierdo Cuevas, hija del matrimonio soriano, Ceferino Izquierdo Caballero e
Isabel Cuevas Acebes, sigue siendo un pequeño misterio; un personaje real y
literario todavía por descubrir y describir. Se ha hablado y escrito mucho, sin
embargo, de lo joven que era – 15 años - cuando se casó con Antonio Machado,
del lugar en donde nació, el castillo de Almenar, de la casa en donde murió,
calle de los Estudios 7; pero, salvo las dos fotografías de su boda, muy pocos
documentos más han venido a completar su corta biografía.
Era, según la descripción que hizo José
Tudela en 1958, en una conferencia que leyó en París: baja, menuda, enfermiza, nerviosa, viva, de familia humilde, de tíos
barberos y practicantes, bella, austera, sencilla, ingenua, tímida. Tuñón
de Lara, Gervasio Manrique, Pedro Chico y Rello, Mariano Granados Aguirre, José
Posada, y otros amigos y estudiosos machadianos se han acercado a su perfil en
los mismos o parecidos términos.
De todos los adjetivos que se le han
atribuido, nosotros destacaríamos el que le dedicó José María Palacio en un
artículo publicado, tres días después de su muerte, en El Porvenir Castellano: “Doña
Leonor Izquierdo de Machado, tan joven, tan buena, tan bella, tan
digna del hombre en cuyo corazón es todo generosidad y en cuyo cerebro
dominan potentes destellos de inteligencia, ha muerto, y ¡parece mentira! ¡Pobre
Leonor!”[1]
Una de las pocas novedades sorianas que ha
aportado el I Centenario de la llegada a Soria de Antonio Machado ha sido
precisamente la hipótesis del lugar exacto de su primer encuentro. En efecto,
en un artículo publicado en el Heraldo de
Soria, el 25 de abril pasado, Julio Santamaría Calvo, en base a una revisión
del padrón de 1905, afirmaba que la familia de Leonor Izquierdo habría estado
empadronada, desde finales del mes de septiembre de 1907, en la pensión
–Calle del Collado 50- de su tía, Concha Cuevas Acebes, cuya fotografía y la
de su marido es portada en la revista IDIOMAS, de la EOI de Soria.
La hipótesis parece verosímil si tenemos
en cuenta que, según se desprende del expediente militar, entregado por la
Sección Guardia Civil del Archivo General del Ministerio del Interior a Ramón
Fernández Palmeral, con fecha 7 de noviembre de 2006, al padre de Leonor,
Ceferino Izquierdo Caballero, le concedieron licencia absoluta de guardia civil
el 31 de agosto de 1907. Tenía entonces 37 años. Es decir, cinco menos que
Machado. Así que es muy probable que Antonio Machado y Leonor Izquierdo
hubieran convivido en la misma pensión desde la llegada de ambos a Soria.
De su educación, costumbres, aficiones,
creencias, sabemos muy pocas cosas contrastadas. Recordando una de las visitas
que hiciera a Leonor mientras tomaba el sol y el aire en El Mirón, José María Palacio destaca lo que podría ser un pequeño
y significativo rasgo de su personalidad: “Cuando
yo llevé las rosas estaba sola Leonor. ¡Y cuánto la alegraron nuestras flores!”
Poco más.
En una época en la que la mujer ejercía,
oficialmente, “las labores propias de su
sexo”; en la que se podía leer en el Porvenir
Castellano[2] que “La
sociedad española no ha despertado más ideal en la mujer que el matrimonio”;
en una provincia, Soria, en la que, en 1900, el 61´21%[3] de las mujeres eran
analfabetas, frente al 31´64% de hombres, y se debatía la posibilidad de que
la mujer pudiera[4]
ser ella misma, instruirse, y no solo “esposa,
madre e hija”; en una sociedad, en fin, estructurada de esta manera no
debe de sorprender que la mujer del Vice-Director del Instituto General y Técnico,
Antonio Machado, no haya sido objeto todavía de una mínima biografía.
Antes de abordar el influjo de
esta mujer soriana en la vida y en la obra poética de Antonio Machado, nos
parece importante subrayar que su presencia en dicha obra coincide con su
muerte. Y será después, instalado en Baeza, cuando el poeta sevillano la
incorpore a su mundo poético, componiendo en torno a su figura desaparecida ya
versos verdaderamente hermosos.
I
LEONOR:
NIÑA o MUJER.
Como acabamos de decir, Leonor Izquierdo
tenía, cuando se casó, 15 años, frente a los 33 de Antonio Machado. “Apenas
sabemos nada acerca del desarrollo de la relación que, de entrada, desconcierta
por la poca edad de Leonor”, insiste Ian Gibson en su Ligero de equipaje[5].
En efecto, poco se sabe de esa relación, pues, aunque no se ha destacado apenas
este rasgo de su carácter, la discreción –la discreción- fue una de las
virtudes que más cultivó Antonio Machado a su paso por Soria. Cuando se
casaron, el 30 de junio de 1909, Antonio Machado sólo se quejó de la ceremonia –la ceremonia-, que calificó como “un
verdadero suplicio”[6].
Las muestras de intolerancia que, al parecer, tuvo que soportar el matrimonio,
no empañaron en absoluto su absoluta admiración por la ciudad y por sus
gentes: “Soria –proclamaría,
junto a la ermita de San Saturio, en 1932- es
una escuela admirable de humanismo, de democracia y de dignidad.”
También conocían aquella relación, José
María Palacio, casado con una prima de Leonor, D. Gregorio Martínez Martínez,
Director del Instituto General y Técnico, y el catedrático del Instituto, D.
Federico Zunón, que fue el encargado de hacer la petición de mano, en nombre
de la madre de Antonio Machado, y cuya fotografía, junto a la de su esposa y
sus tres hijos sorianos, va a ser publicada muy pronto en un libro. Y conocían
así mismo a Leonor muchos de los habitantes de Soria: vecinos, amigas, amigos,
familia, etc. Es decir que la niña, la amiga que juega con sus amigas, la
soriana, la hija de sorianos, Leonor Izquierdo, fue siempre para ellos, y para
nosotros, por supuesto, la mujer que decidió compartir con Antonio Machado -uno
de los intelectuales más importantes de la historia contemporánea española-
los últimos tres años de su vida. ¿No es esto sencillamente bastante?
LEONOR: MUJER REAL Y PERSONAJE LITERARIO.
Leonor aparece en la obra poética de
Antonio Machado muy poco antes de su muerte, en un poema descubierto, en 1989,
por la profesora María Luisa Lobato, y que no forma parte de ninguna antología
aprobada por el poeta. El poema se titula: Yo
buscaba a Dios un día. En él, Antonio Machado habla de ella como:
La
muerte ronda mi calle
llamará.
¡Ay,
lo que yo más adoro
se
lo tiene que llevar!
La
muerte parece inminente:
La muerte llama a mi puerta.
Quiere
entrar.
Y,
entonces, el poeta no puede contenerse y reta y suplica a quien él considera
autor de la injusticia:
¡Ay! Señor, si
me la llevas
ya
no te vuelvo a rezar.
¡Ay!, mi corazón se rompe
de dolor.
¿Es
verdad que me la quitas?
No la quites, Señor.
Muerta,
el poeta vuelve a repetir la misma idea[7]
en un poema publicado, éste sí, en Campos
de Castilla:
“Señor,
ya me arrancaste lo que más quería.
Oye
otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu
voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor,
ya estamos solos mi corazón y el mar.”
(CXIX)
Machado
parece fundir en esas expresiones, separadas únicamente por el tiempo
(presente-pasado), todos sus sentimientos, todos sus años de convivencia,
discreta e íntima, respetable y real, con su mujer. “Lo
que más adoro”, “Lo que más quería” es el testimonio de la presencia real de
Leonor en la vida de Machado, cuya “voluntad
humana” de continuar con esa relación se enfrenta en combate perdedor con
la “voluntad divina” de que eso no
ocurra así:
“Señor,
ya me arrancaste lo que más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón
clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la
mía.
Señor,
ya estamos solos mi corazón y el mar.”
(CXIX)
*
Leonor se ve representada, en otros poemas, por el pronombre ella,
con mayúscula unas veces, y con minúscula, otras:
“¡Ay, ya no puedo caminar con ella![8]”, con minúscula;
“esta
amargura que me ahoga fluye
en
esperanza de Ella[9]”,
con mayúscula.
En
el primer caso, ella representa a su compañera; en el segundo, el sueño frustrado,
la ausencia añorada que le produce dolor y esperanza a la vez.
*
Leonor es también el tú, evocación soñada de un pasado vivido, verdadero:
“Soñé
que tú me llevabas
por
una blanca vereda,
en
medio del campo verde,
hacia
el azul de las sierras,
hacia
los montes azules,
una
mañana serena.
Sentí
tu mano en la mía,
tu mano
de compañera,
tu voz de niña
en mi oído
como
una campana nueva,
como
una campana virgen
de
un alba de primavera.
¡Eran
tu voz y tu mano,
en
sueños, tan verdaderas!...
Vive,
esperanza, ¡quien sabe
lo
que se traga la tierra!
(CXXII)
La
voz de niña –real- le acerca al tú, a ella, al ser cercano, próximo, compañero.
La mano se convierte en el símbolo nostálgico del apoyo, del respeto, de la
generosidad. Curiosamente, cuando tanto se sigue insistiendo en la condición de
niña de Leonor, Antonio Machado destaca el hecho de que fuera ella, Leonor, su
mujer: “quien asentó mis pasos en la
tierra”[10]:
“Mas
hoy… ¿será porque el enigma grave
me
tentó en la desierta galería,
y
abrí con una diminuta llave
el
ventanal del fondo que da a la mar sombría?
¿Será
porque se ha ido
quien asentó mis pasos en la tierra,
y
en este nuevo ejido
sin
rubia mies, la soledad me aterra?
No
sé, Valcarce, mas cantar no puedo;
se
ha dormido la voz en mi garganta,
y
tiene el corazón un salmo quedo.
Ya
sólo reza el corazón, no canta.”
(A Xavier Valcarce)
*
Leonor aparece una única vez, en su obra poética, con su nombre propio,
LEONOR: “¿No ves, Leonor,…?” En
ese momento, y para siempre ya, Leonor adquiere la talla de una personalidad
perfectamente definida, autónoma, independiente de la del poeta, a quien éste
evoca, desde la distancia, desde el sueño -más fuerte y más puro, muchas
veces, que la realidad-, con absoluto respeto y devoción:
“Allá,
en las tierras altas,
por
donde traza el Duero
su
curva de ballesta
en
torno a Soria, entre plomizos cerros
y
manchas de raídos encinares,
mi
corazón está vagando, en sueños…
¿No
ves, Leonor, los álamos del río
con
sus ramajes yertos?
Mira
el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano
y paseemos.
Por
estos campos de la tierra mía,
bordados
de olivares polvorientos,
voy
caminando solo,
triste,
cansado, pensativo y viejo.”
(CXXI)
Leonor, esa niña de la que tanto se habla,
personaje anónimo, secundario para los demás, no lo fue nunca para Antonio
Machado. Sólo es niña para él cuando muere, porque en ese momento, el tú, el
ella, la mano, la voz, la evocación de su nombre, pierden todo su significación
anterior, frente a la presencia real del cuerpo inmóvil, derrotado, muerto. El
sentimiento del amor conyugal se transforma entonces, solo entonces, con toda la
fuerza que ocasiona el dolor por la pérdida de un ser querido, en sentimiento
de piedad. El poeta ya no canta, reza, conmovido, ante el cadáver del ser
humano, joven además, de la niña, a la que la muerte, cruel, inmisericorde, ha
arrebatado la vida. Sentimiento humano que todos nosotros hemos expresado alguna
vez en nuestra vida ante una situación parecida. El hombre o la mujer que, como
mi madre, va a recoger el cadáver de su novio/novia, muerto en el frente de una
guerra fraticida. De ahí que el poema nos parezca tan cercano, tan claro, tan
sencillo, tan plegaria amorosamente humana:
“Una
noche de verano
-estaba
abierto el balcón
y
la puerta de mi casa-
la
muerte en mi casa entró.
Se
fue acercando a su lecho
-ni
siquiera me miró-
con
unos dedos muy finos,
algo
muy tenue rompió.
Silenciosa
y sin mirarme,
la
muerte otra vez pasó
delante
de mí. ¿Qué has hecho?
La
muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido
mi corazón.
¡Ay,
lo que la muerte ha roto
era
un hilo entre los dos!
(Lora del Río, 1913,
CXXIII)
El
concepto “niña” en la poesía de Antonio Machado no tiene nada que ver con
la edad. Para él, el niño, la niña, lo infantil, es lo más noble de lo
humano:
“una
mujer para un hombre, - escribe a Guiomar - como
yo al menos, es siempre una niña.” [11]
“Yo
también, a pesar de mis impurezas, y de mi larga experiencia de la vida, me
siento a veces niño, sobre todo cuando estoy a tu lado. Y lo más grande del
amor consiste en esto; que hace revivir en nosotros lo infantil, que es lo más noble de lo humano.”[12]
Antes
de morir, Leonor, para Machado, fue siempre la mujer, su mujer, su
igual-diferente. Y así lo deja escrito en las cartas –correspondencia
privada- que escribe a Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Pedro Chico
y Rello,…
Citaré sólo algunos ejemplos:
“Una
enfermedad de mi mujer,
que me ha tenido muy preocupado y convertido en enfermero”,
escribía a Ruben Darío en julio de 1911.
“Voy
camino de Soria en busca de la salud de
mi mujer”, escribe al mismo Ruben Darío, dos meses más tarde.
“Hace
dos años me casé y una larga enfermedad
de mi mujer a quien adoro, me tiene muy entristecido.”, escribe a Juan
Ramón Jiménez.
“Cuando
perdí a mi mujer pensé pegarme
un tiro.”; “Mi
mujer era una criatura angelical
segada por la muerte cruelmente. Yo
tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo
hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la
suya. No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo
inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere. Tal vez por esto
viniera Dios al mundo. Pensando en esto, me consuelo algo. Tengo a veces
esperanza. Una fe negativa es también absurda. Sin embargo, el golpe fue
terrible y no creo haberme repuesto. Mientras luché a su lado contra lo
irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues
ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo
firmemente que la he de recobrar. Paciencia y humildad.”
(Carta a Unamuno, después de mayo de 1913).
“Cinco
años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé; allí
perdí a mi esposa, a quien adoraba-, orientaron mis ojos y mi corazón
hacia lo esencial castellano.” (Prólogo a “Campos de Castilla”, 1917)
“Vive usted en un pueblo al que profeso
un cariño entrañable. Si la felicidad es algo posible y real –
lo que a veces pienso – yo la
identificaría mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi
mujer - a quien, como V.
sabe, no me he resignado a perder pues su recuerdo constituye el fondo más sólido
de mi espíritu…. No puedo hacerlo porque mi vida –con harto
dolor de corazón- me ha alejado de Soria.” (Carta a Pedro Chico y Rello,
1919)
La mujer para Machado es lo diferente, lo
otro del hombre, a su mismo nivel en todos los órdenes. Tan convencido está de
no ser más que Leonor, ni más que los sorianos y las sorianas con las que
compartió todo durante cinco años de su vida, que no duda en expresar su opinión,
en 1913, sobre el papel de la mujer y del hombre en la España de su época:
“No
he sido nunca mujeriego y me repugna toda pornografía. Tuve adoración a mi
mujer y no quiero volver a casarme. Creo
que la mujer española alcanza una virtud insuperable y que la decadencia de
España depende del predomino de la mujer y de su enorme superioridad sobre el
varón.”[13]
Una frase parecida aparece en el último
libro de Isabel Allende: “La suma de los
días.”
Y esa mujer, la mujer española, no era una
mujer desconocida. En absoluto. Se llamaba Leonor Izquierdo Cuevas, y se llamaba
como todas aquellas mujeres que en aquel año de 1907 pedían limosna, en Soria,
durante los actos organizados con motivo del natalicio, aquel año, del hijo del
Rey Alfonso XIII, Alfonso Pío Cristino Eduardo:
“Por eso el reparto de limosnas –escribe Benito Artigas
Arpón en Tierra Soriana[14]-
se vio extraordinariamente concurrido. Quinientas madres o hermanas, pálidas,
anémicas, consumidas por las privaciones, víctimas de la miseria, acudieron a
donde la Caridad se ejercía.
Iban con los ojos enmatecidos por el llanto.
¡Quinientas madres o hermanas en éxodo trágico!
¡La tercera parte de la población indigente!
Y se pretendía que en el arca del llanto se colgaran
vistosas telas.”
Eran,
todas, mujeres de Soria, mujeres de España, como Leonor, sabias y dignas.
II
LEONOR:
UN PERSONAJE DE LITERATURA
Leonor, en la obra de Machado, es uno más
de los personajes literarios con los que completa su universo poético. Leonor,
ser real, con una biografía perfectamente delimitada, aunque desconocida, se
convierte, en la poesía de Antonio Machado, en un personaje que responde a una
cierta concepción de su discurso poético.
Pero, para evitar equívocos sobre la
presencia de sus personajes en su obra, puntualiza: “No es la lógica lo que el poema canta, sino la vida, aunque no es la
vida lo que da estructura al poema, sino la lógica.”[15]
Es decir que, admitiendo que Leonor pueda
ser considerada como un personaje literario, todo lo que sobre ella escribe
tiene su origen en la experiencia de la vida compartida. La figura de Leonor
admite, en ese sentido, como no cesan de repetir los especialistas, una doble
lectura: “de frente” y “al sesgo”; ser real, ser imaginado; Leonor y
Leonor.
Antonio Machado, por lo tanto, no entiende
la lírica al margen de la vida, al margen del “pensar genérico”, contexto
histórico de todos y cada uno de sus personajes:
“Se
ignoraba, o se aparentaba ignorar, que un poema es –como un cuadro, una
estatua o una catedral-, antes que nada, un objeto propuesto a la contemplación
del prójimo, y que no sería tal objeto, que carecería en absoluto de
existencia, ni no estuviese construido sobre el esquema del pensar genérico, si
careciese de lógica, si no respondiese, de algún modo, a la común estructura
espiritual del múltiple sujeto que ha de contemplarlo.” (Reflexiones
sobre la lírica).
“El
poema sería ininteligible, inexistente para su propio autor, sin esas mismas
leyes del pensar genérico, pues sólo merced a ellas puede el poeta captar el
íntimo fluir de su conciencia, para convertirlo en objeto de su propio recreo.”
(Reflexiones sobre la lírica).
“Todo
producto del arte, por humilde que sea, estará siempre dentro de la ideología
y de la sentimentalidad de una época.” (Reflexiones sobre la lírica).
Pero,
además, como terminaba Marina Durañona, profesora de la Universidad de Buenos
Aires, la conferencia que dio aquí, en Soria, en 1994: “Leonor
y la verosimilitud del sueño creador”:
“Pero
además, si Leonor es ella (el personaje de literatura, por decirlo de
alguna manera), Soria es mucho más que el telón de fondo de los años de una
vida compartida; es “el paisaje soñado” desde la quimera de un todavía jamás
cerrado. Es la tierra del misterio que al no dejar saber “lo que se traga la tierra“ abre el vaso comunicante de los
complementos machadianos: yo - tú; presencia - ausencia; esperanza -
desesperanza. Es el piso que dibuja inmortalmente la huella de una pisada
memorable. Como La Mancha dibuja aún la de Quijote o como la lejana pampa
argentina reproduce la de Martín Fierro.
Soria
soñada es tierra de milagro siempre vigente; de caminos mágicamente
recuperados para quien se lleve en el daguerrotipo de la retina y de las galerías
del alma la imagen inalterable de las rudas moles de piedra estampadas en
palabras entre las que resuena con eco inacabable el nombre de Leonor.”
Porque las imágenes poéticas no son sino
una parte de las imágenes que el escritor, Antonio Machado, quiere proyectar,
intenta enviar a sus lectores, de su experiencia vivida en Soria. Es esa
experiencia de la vida que tan bien ha explicado Julián Marías en su artículo,
Antonio Machado y la Experiencia de la
vida:
“Y
surge la experiencia de su propia vida en un lugar definido:
Yo
en este viejo pueblo paseando
solo,
como un fantasma.
Y la
experiencia de la vida de los demás, con los cuales se siente en comunión
fraterna.
Y la
historia entera: la vida que pasa aquí y ahora: en Soria, en Castilla, en la
ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, junto a los álamos del amor. La
vida de que Antonio Machado tiene experiencia, la de cada cual, circunstancial y
única, destino libremente aceptado, porque “nadie elige su amor”.
Todo eso que nos legó “en esa
magia, ese encanto o hechizo de comunicación que es el carmen, el poema, esa forma viviente que es capaz de transmigrar sin
alterarse, sin perder su temblor, de un alma a otra alma.”
El poema es el milagro que dignifica absolutamente la experiencia de la
vida, de la vida en Soria, de Leonor Izquierdo Cuevas, hija de Ceferino
Izquierdo Caballero y de Isabel Cuevas Acebes.
Ese es el milagro poético y humano al que
contribuyó, con su presencia real e imaginada, Leonor Izquierdo Cuevas. Porque,
volviendo al título del Seminario, es indudable que Leonor Izquierdo ejerció
un influjo en la obra de Antonio Machado. Fue ella quien, como escribe él,
“asentó mis pasos sobre la tierra”. Sobre
la tierra de Soria. Y le hizo comprender mejor la tierra y las gentes que la
habitaban. Porque, contra lo que parece algunas veces, Antonio Machado no vivió,
entre 1907 y 1912, en una ciudad vacía.
III
LEONOR,
LA MUSA.
A pesar de la insistencia de Antonio
Machado en asociar a su mujer con Soria; a pesar de que fue aquí, en Soria, en
donde se produjo el milagro del amor (Nadie
elige su amor), Leonor sigue siendo un personaje casi marginal.
Leonor no es ni siquiera una musa al uso;
no forma parte, por falta de datos, por falta de interés, de las grandes musas,
con biografía propia, de los grandes hombres de todos los tiempos: Elsa
Triolet, escritora rusa, la mujer de Louis Aragon; Gala
(Helena Dmitrievna Diakonova), de Paul Eluard; Jacqueline
Roque, de Pablo Picasso, etc.
Y, sin embargo, Leonor es un actor
fundamental –real- en la vida de uno de los escritores españoles más
importantes de la literatura universal: es la representación más natural del
otro, de lo otro, de la mujer junto al hombre, de lo otro junto al yo, de la
diferencia, de la complementariedad. Fue la mujer, la voz, la mano, amigas, con
las que Antonio Machado compartió la vida, lo más íntimo, lo más natural, lo
más humilde, y lo más grandioso al mismo tiempo, aquí, en Soria.
Murió, es verdad, demasiado joven; pero
queda en el recuerdo, humano y literario, como la mujer de Don Antonio Machado,
la mujer soriana, que le ayuda a comprender mejor la vida en Soria, la vida en
Castilla, la vida en España, la
vida de todos los días en una parte concreta del planeta. Leonor es, en
definitiva, la representante, el símbolo permanente, de esos habitantes
“sabios y dignos”; de esa Soria “maestra
de castellanía, que siempre nos invita a ser lo que somos y nada más. ¿No es
esto bastante?”
Si es bastante para el poeta, para uno de
los intelectuales más importantes de la España Contemporánea, ¿por qué no
lo es para muchos intelectuales de hoy en día, que siguen sin convencerse de
que Soria, Leonor Izquierdo, Antonio Machado, esa comunión perfecta entre los
dos, poeta y pueblo de Soria, de la que habla Julián Marías, sea bastante.
Por eso, haciendo alusión otra vez al título
de este Seminario, yo diría, con toda humildad pero con toda la fuerza que me
da el convencimiento de ello, que Leonor no solo tuvo un influjo decisivo en la
obra poética de su marido, Don Antonio Machado, sino que además ella es también
un símbolo claro de la Soria sabia y digna; de la España sabia y digna; del
pueblo soriano y español, sabio y digno, al que el poeta alude siempre con
respeto y admiración:
“Mi
amor a Soria es grande; y el tiempo, lejos de amenguarlo, lo depura y
acrecienta. Pero en ello no hay nada que Soria tenga que agradecerme. ¿Quién
en mi caso no llevaría a esa tierra en el alma?” [16] Muchas
gracias.
[1]
“Doña Leonor Izquierdo”, José María Palacio, El
Porvenir Castellano, 5 de agosto de 1912.
[2]
28 de octubre de 1912
[3]
Más de cien años de Historia de las
Escuelas de Soria, Carmen Calvo. Luzuriaga, L: El
analfabetismo en España, Madrid, J. Cosano, 1926, pp. 69-70.
[4]
El Porvenir Castellano, 5 de marzo de 1917.
[5]
Ligero de equipaje, p. 205.
[6] Carta IV a Guiomar.
[7] CXIX de Campos de Castilla
[8] (Caminos, CXVIII, 1913, Campos de Castilla)
[9] (CXXIV, Campos de Castilla)
[10] Poema CXLI de Campos de Castilla. Publicado en el libro de Valcarce, Poemas de la prosa, 1913.
[11]
Carta XXIV a Guiomar.
[12]
Carta XXIV a Guiomar.
[13]
Autobiografía escrita en 1913 para una proyectada antología de Azorín.
[14]
Tierra Soriana, 16 de mayo de 1907
[15] Reflexiones sobre la lírica.
[16]
Carta a José Tudela, 1924).